CANCUN DE MIS RECUERDOS

Democracia (Tercera parte)

Por Alfredo Navarro

LAS CAUSAS PROBABLES. Una parte de responsabilidad en la incomprensión e ignorancia se le debe al propio ciudadano, porque el mexicano no lee, y cuando lo hace, lee pasquines (entendidos éstos como publicaciones con temas vanos y de mala calidad) y los lee mal, tanto en forma como en fondo.  El filósofo mexicano Joaquín Antonio Peñalosa, en su obra “Vida, pasión y muerte del mexicano” da los siguientes puntos desde su peculiar pero objetivo enfoque; puntos que me parecen muy adecuados dado el tema puesto en la mesa de análisis:
a) “Gracias a los infinitos medios con que hoy cuenta la pedagogía, resulta bastante sencillo hacer que un analfabeta lea. Lo que no se ha logrado todavía es que lea un alfabetizado. Unos no leen porque no saben, y otros, aunque sepan no leen. En conclusión, nadie lee”.
Y con esto, Joaquín Antonio Peñalosa dijo todo sobre procesos electorales. Lo malo es que, veintitantos años después, las cosas no han cambiado mucho.
b) “Si se trata del periódico”, consigna Peñalosa, “el mexicano promedio no lee, sino que lo hojea. Unos prefieren la página deportiva; otros, la de sociales; otros más, el aviso clasificado; la mayoría, por morbo, la sección policíaca. En cambio, la página editorial está más desierta que casillas en día de votación”.
No obstante, he de aclarar que esos monitos a los que se hacía referencia algunas líneas atrás, son revistillas con temas morbosos y ordinarios, y es mejor no dar nombres.  Porque aunque fueran monitos, como lo eran en la época de Peñalosa o antes, se leía a “Los Supermachos”, a Rius y a “La familia Burrón” entre otros. Quizá era cultura popular, mero folklore, pero con un profundo mensaje social, no como las barbaridades de ahora, o bien, como las banalidades que suelen leer los niños y los adolescentes. Hoy, precisamente porque el mensaje social pone a trabajar la mente, el mexicano promedio prefiere otro tipo de “lecturas” –llamémosles así–, tal vez menos profundas pero más entretenidas.
c) En general –y la experiencia personal me ha permitido verlo de manera directa–, el mexicano, cuando lee, lee baratijas. Peñalosa dice que la gente prefiere “monitos”, pues “la mucha imagen y el poco texto hacen llevadera la pesada carga de la lectura”.
d) Como es lógico suponer, los libros no los lee prácticamente nadie, salvo alguna que otra selecta y extraña minoría. Además, los precios de algunas obras son tan altas que resultan prohibitivas, y que, cual inigualable pretexto, el mexicano opta por no pensar en comprarlos. Es más, ni siquiera piensa en pedirlos a préstamo en alguna biblioteca pública. Si a esto se le añaden las imprudencias –por no decirles por su nombre a las tonterías y ocurrencias– de algunos gobernantes acerca de gravar los libros y las revistas, pues la buena lectura, o al menos la simple lectura, encuentran más obstáculos cada vez, mismos que se vuelven prácticamente insalvables.  En resumen, el mexicano –y yo pienso que en general el latinoamericano– no lee o lee poco y malo. Por ende, no opina y mucho menos escribe y, eventualmente, no piensa ni se norma un criterio fundado en la objetividad del análisis.
La formación de un criterio:
El mexicano, generalmente, aprende escuchando. Esto se puede explicar así:
a) Así, si se dice que llovió estiércol y cualquier tipo lo repite, él lo da por confirmado, no importa que el repetidor en cuestión no sea alguien más o menos públicamente conocido o confiable y fidedigno. Así de fácil.
b) El mexicano, y el latinoamericano en general –insisto–, dada su pereza y desapego por la lectura, prefiere oír disertar a otros individuos para, con base en sus particulares opiniones, normarse un criterio y fundar una nueva opinión. El primer problema aquí es que sólo “oye” y nunca intenta constatar los hechos con base en otras fuentes informativas.  La otra parte de responsabilidad de que el mexicano sea como es, se la debemos al gobierno, a los políticos y a los partidos, especialmente, a aquellos que han tenido que ver con la labor de dirigir a la nación. No todos, claro, hay excepciones, pero sí a una buena parte. ¿Por qué?
1. Vaya, no se intenta justificar a nadie, pero primero es comer y después ser. Esta es una razón válida por la cual tantos niños y jóvenes no siguen cursando estudios de nivel técnico o medio, y ya no se diga superior. Y si a eso se le añade la flojera y apatía ancestral del mexicano promedio, pues…
2. Porque, en primer lugar, el gobierno –y hablo del PRI, que ha dirigido durante décadas este país– nos ha tenido sumidos en una situación económica que hace más urgente ponerse a trabajar que estudiar.
Con tal argumento, mexicanos y mexicanas se reprodujeron alegre y desaforadamente hasta convertir a este país en una de las naciones con mayor sobrepoblación del planeta.  Como dijo un sociólogo de cuyo nombre no quiero acordarme, el problema es que sobran 60 millones de mexicanos… Y claro, hay que tener los hijos que Dios mande, según la Iglesia y los moralistas. El problema es que ni unos ni otros dan cheques para mantener a tanto chilpayate ni dan alternativas de solución para darles acomodo en el sector productivo. Ahora, efectivamente, Dios provee, pero una cosa es que provea y otra que tenga que tolerar imprudencias y excesos, y peor todavía, que tenga que arreglar los desperfectos derivados de éstas.
3. Porque, por una parte, ciertos sectores de la Iglesia Católica Mexicana y muchos moralistas, dejaron que este país creciera vertiginosamente y sin control, alegando que los métodos anticonceptivos y la planificación familiar eran algo que iba en contra de Dios.
4. Volviendo al asunto del gobierno, no hay inversión en México. Por lo tanto, no hay fuentes de empleo. Luego entonces, ¿quién va a emplear a tanto profesionista, a tanto seudo profesionista y, sobre todo, a tantos individuos que no tienen dominio de alguna labor técnica, industrial o comercial específica?
c) Además, al mexicano le gusta escuchar temas vanos y triviales, porque si se trata de algún tema académico, inmediatamente se ahuyenta. El mexicano sólo come, vive y sueña fútbol, telenovelas, caricaturas, etc. Pero todo ello se debe a que la inversión se ahuyenta de México con tanta violencia política e inseguridad pública. Esto se lo debe el pueblo mexicano a los Echeverría (de aquí en adelante se va a hablar del presidente de la República en turno y sus secuaces), que lo hizo tercermundista; a los López Portillo, que nos hizo tontos con su farsa de la nacionalización de la banca y sus lágrimas de cocodrilo; a los De la Madrid, por su falta de hombría e incapacidad para gobernar bien; a los Salinas, por imponernos sus ideas económicas absurdas, disparatadas y surrealistas para consumar fraudes que hoy nos tienen sumidos en la miseria.  Incluso a Zedillo, que aun cuando fue honrado –al menos desde la óptica de este analista–, continuó con la necedad de defender un modelo económico fracasado, pero sobre todo, a tanto y tanto borrego que permitió que esto sucediera, y a tanto apático que no le importó que esto sucediera, para después estarse quejando de lo que no fue capaz de hacer por sí mismo.  No estoy tirando la piedra porque no estoy exento de culpa, pero hay gente que –por simple cuestión cronológica– tuvo más responsabilidad en haber dejado que todo ello sucediera en este país. Además, hay que decir las cosas como son.
(Continúa el lunes).
¡Ánimo Cancún¡ ¡Viva México!
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