CANCUN DE MIS RECUERDOS

Benito Juárez García
(Tercera parte)
Por Alfredo Navarro

Juárez no logra parar las ambiciones francesas, estimuladas por el financiero Jecker y su socio el duque de Morny, medio hermano de Napoleón III. En realidad, la deuda pública legítima de México con Francia era ínfima y había disposición de pagarla; la intervención se sustentaba exclusivamente en los fraudulentos Bonos Jecker. Señala Manuel Payno, negociador de la deuda: “se nota la injusticia que envuelve…la presencia de las armas francesas en nuestro país, cuando Francia es la nación con quien mejor ha cumplido México, y con quien tiene las más vivas simpatías”. Decidido a instaurar una monarquía católica, el conde Alphonse Dubois de Saligny ordena que 6,000 efectivos del ejército francés, bien armados y pertrechados inicien su avance hacia la capital del país el 17 de abril de 1862 en reclamo de doce millones de pesos por concepto de indemnización por hechos cometidos contra los súbditos franceses, la ejecución de los contratos convenidos por Miramón con Jecker y el derecho a intervenir en el sistema judicial, a ocupar el territorio y a establecer aranceles en las aduanas mexicanas, entre las principales demandas. Con ellos marcha Juan Nepomuceno Almonte, general mexicano conservador, hijo de Morelos.
Juárez decreta una amnistía a los militares conservadores y autoriza la formación de guerrillas. Los ejércitos franceses son derrotados en la batalla de Puebla el 5 de mayo siguiente; detienen su avance casi un año, pero el 31 de mayo de 1863 toman la capital mexicana y nombran una asamblea de notables que en realidad manda el general Élie-Frédéric Forey y después el mariscal Achilles Bazaine. Antes, Juárez ordena la expatriación de extranjeros involucrados en la intervención francesa en México; entre ellos Jecker; además, reorganiza al ejército republicano para hacer frente a la ocupación exytranjera. Forey sustituye al general Lorencez en el mando de las tropas expedicionarias francesas.  A partir de entonces, durante cinco años Juárez ejerce un gobierno trashumante, que según las vicisitudes de la guerra traslada a San Luis Potosí, Monterrey, Saltillo, Chihuahua y Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez) sucesivamente. En ese tiempo, también enfrenta la rebelión del general Jesús González Ortega, presidente de la Suprema Corte de Justicia, quien con el argumento de que el periodo de Juárez ha concluido el 30 de noviembre de 1864, reclama para sí la presidencia de la República. Sin embargo, la mayoría de los jefes militares aceptan que Juárez siga ocupando el poder ejecutivo hasta que puedan realizarse nuevas elecciones.
En abril de 1864 los conservadores negocian en Miramar la llegada de un emperador apoyado por las bayonetas francesas: Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien llega a México el 28 de mayo siguiente. Napoleón III ve en México la sede de un “gran imperio latino”, aprovechando la guerra civil norteamericana iniciada el 12 de abril de 1861 y así liquidar el expansionismo yanqui en América, a favor del colonialismo francés cuyo principal campo de operaciones, hasta entonces, ha sido África y Asia.  Maximiliano invita a Juárez a unirse a su imperio, pero Juárez rechaza la propuesta, “soy el llamado a mantener la integridad nacional, la soberanía y la independencia… Los traidores de mi patria se presentaron en comisión para ofrecerle la corona de México… Es dado al hombre atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud. Pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará”. Ante la imposibilidad de un acuerdo, Maximiliano dicta medidas crueles contra los juaristas, como la ley marcial del 3 de octubre de 1865, que autoriza el juicio sumario y la muerte inmediata para quienes sirvan a la causa republicana.
El ejército francés toma casi todas las capitales de los estados, con lo cual dispersa e inmoviliza sus fuerzas, mientras los liberales se agrupan en cinco divisiones para atacar al invasor y organizar la resistencia popular. Confesará Juárez unos años después: “A veces, cuando me rodeaba la defección como resultado de aplastantes reveses, mi espíritu se sentía profundamente deprimido. Pero inmediatamente reaccionaba, recordando aquel verso inmortal del más grande de los poetas ‘ninguno ha caído si uno solo permanece de pie’, entonces más que nunca me resolvía yo a llevar hasta el fin la lucha despiadada, inmisericorde por la expulsión del intruso”.
Cuando Maximiliano adopta algunas de las leyes de Reforma, Juárez escribe a sus generales: “aunque las adoptara todas, jamás conseguiría nuestra sumisión, porque nosotros ante todo defendemos la independencia y la dignidad de nuestra patria, y mientras un extranjero intervenga con sus bayonetas en nuestros negocios y quiera imponernos su voluntad despótica, como lo intenta Maximiliano, jamás consentiremos en su dominación, le haremos la guerra a muerte y rechazaremos todas sus ofertas, aun cuando haga milagros”…
Al contrario de lo acontecido durante la invasión norteamericana, que enfrentó a dos ejércitos profesionales sin la participación popular, Juárez logra extender la guerra a todo el país, organizar guerrillas que hostigan permanentemente a los franceses y movilizar la resistencia popular. Años más tarde, recordará su estrategia para vencer al francés: “No grandes cuerpos de tropas que se mueven con lentitud, que es difícil alimentar en un país devastado y que se desmoralizan fácilmente después de un descalabro; sino cuerpos de 10, 15, ó 30 mil hombres a lo más, ligados por columnas volantes, a fin de que puedan prestarse ayuda con rapidez, si fuera necesario; hostigando al enemigo de día y de noche, exterminando a sus hombres, aislándolos y destruyendo a sus convoyes, no dándoles ni reposo, ni sueño, ni provisiones, ni municiones; desgastándolo poco a poco en todo el país ocupado; y finalmente, obligándolo a capitular, prisionero de sus conquistas o a salvar los destrozados restos de sus fuerzas mediante una retirada rápida”. Los siguientes tres años son de guerra cruenta, en la que el mismo Juárez está a punto de caer prisionero en Zacatecas y tiene que huir a caballo, no siendo buen jinete. Sin embargo, el Imperio comienza su paulatino deterioro por el desencanto de los conservadores que habiendo soñado con el retorno de la colonia, se enfrentan al liberalismo de los emperadores; por los conflictos internos de Maximiliano con el mando militar francés y con el clero; por el creciente retiro de tropas extranjeras y por el desinterés de Napoleón III, más preocupado con la inminente guerra con Prusia, que ya había derrotado a Austria, y por el triunfo de Lincoln en Estados Unidos en 1865, a quien Juárez había autorizado el cruce de tropas yanquis por territorio mexicano para que combatieran a los confederados. En contraste, las fuerzas republicanas alientan el espíritu de resistencia al invasor y salvo el disgusto de algunos liberales porque Juárez habiendo terminado su periodo no deja el cargo o convoca a elecciones, se mantienen unidos y ocupan cada día nuevos territorios.
Asimismo, terminada la guerra civil norteamericana, el gobierno juarista obtiene nuevos préstamos y apoyo diplomático de ese país para impedir nuevos envíos de tropas austriacas.  El 11 de marzo de 1867 sale de México el último contingente de tropas francesas. Y por fin, el 15 de mayo siguiente, se rinde Maximiliano en Querétaro, es sometido a juicio y condenado a muerte el 14 de junio siguiente. Juárez se niega a perdonar la vida a Maximiliano, a pesar de que intelectuales mexicanos y extranjeros se lo piden. Responde que aplica la ley del 25  de enero de 1862 y que no ha sido él, sino el pueblo a través de las instituciones republicanas, quien lo ha condenado a la pena máxima. Dice a los defensores de Maximiliano después del juicio: “Al cumplir ustedes el cargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está reservado apreciarla”. Maximiliano es fusilado el 19 de junio siguiente en el Cerro de las Campanas, Querétaro.
(Continúa el lunes)
¡Ánimo Cancún¡ ¡Viva México!
Comentarios: langcun@hotmail.com
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