ELECCIONES CLAVES PARA EL FUTURO DE MÉXICO

Por Luis Castillo

Mientras los candidatos de las tres fuerzas políticas más representativas de México se enzarzan en una pelea con todas sus armas por lograr la Presidencia de la República en los próximos comicios de julio, la realidad es que ninguno de ellos ha mostrado claramente su ideología política y económica y las “armas” con que piensa sacar al país del estancamiento en que se encuentra.
Josefina Vázquez Mota se cansa de hablar de que “las mujeres tenemos palabra” y de que sabrá la forma de desarrollar al país.¨Nos muestra sus manos limpias y ataca a sus opositores como “los causantes de todos los males” que aquejan a México. El PRI y su candidato son corruptos, la izquierda es poco menos que el demonio en esta tierra y “dios nos libre” de caer en manos de ese Satán de López Obrador. Eso sí, la lucha contra el crimen organizado continuará, no importa a que precio, ni sin saber realmente quiénes forman ese crimen organizado, ni el costo en vidas, haciendas e imagen del país en el exterior. Hay que combatir a los malos mexicanos, sentencia la representante del catoliquísimo Partido de Acción Nacional.
Por su parte, Enrique Peña Nieto, ungido como virtual futuro presidente por la fuerza y los intereses de las televisores nacionales, nos hace ver lo mal que esta el país en manos del PAN y más concretamente de Felipe Calderón. Eso sí, nunca nos habla e incluso intenta crear una cortina que lo aísle del daño amigo que la corrupción de algunos gobernadores del tricolor le están haciendo a su campaña. Su programa para recuperar nuestra economía tampoco nos lo anuncia. Nos dice que tenemos que progresar y dejar de ser el país de menor crecimiento económico de América Latina continental. Pero para lograr ese fin no nos da ni pistas.
Para Andrés Manuel López Obrador se debe cambiar todo. Acabar con los señores feudales y los monopolios en cada una de las manifestaciones de la vida nacional. Medios de Comunicación, empresas protegidas por los diferentes gobiernos anteriores y monopolios en general que impiden al país crecer. Eso si, las fuentes de energía no se tocan. PEMEX se queda como está, sin inversión privada y mucho menos extranjera. La Comisión Federal de Electricidad tampoco se toca, a pesar de las muchas muestras de corrupción interna que la aquejan desde hace años y de que ni sus sistemas de producción ni de distribución son ya adecuadas para los tiempos actuales.

Candidatos fuera de la realidad del mundo

La realidad es que ninguno de los tres candidatos y sus coaliciones políticas viven la realidad del mundo. Es evidente que México se ha quedado atrás en muchos campos, que aquel país puntero y brújula del subcontinente ya no es guía ni referente de nadie.
En lo económico la apertura comercial se quedó a medias. Se vendieron las “ineficientes” empresas públicas, pero fueron sustituidas por otras igualmente ineficientes y lo peor incapaces de sobrevivir en un mercado libre.
Los sindicatos, ese gran logro del movimiento proletario mundial que permitió a los trabajadores conseguir unas condiciones laborables más acorde con los derechos humanos, ahora se han convertido en auténticas lastras para el desarrollo futuro del país. Quisiéramos que alguien nos explique como se puede limpiar por ejemplo a PEMEX, la principal empresa mexicana, hacerla rentable para la nación, con reservas suficientes de hidrocarburos para garantizar su viabilidad futura y que vuelva a estar a la cabeza de la industria petrolera mundial, como lo fue alguna vez. Para ello habría que reestructurar la empresa, volver eficiente el trabajo y acabar con todas las prebendas y prerrogativas de todo el entramado sindical de la empresa. Los candidatos, por supuesto, ni tocan este y otros temas similares.
La realidad es que cualquiera de los tres candidatos que gane las elecciones, los cambios no van a ser radicales. La mejor oportunidad de cambio se dio hace 12 años con Vicente Fox, el cual logró ilusionar a muchos con una oportunidad de que México entrara al primer mundo y modernizara todas sus estructuras como país. El fracaso esta a la vista. El PAN lo único que logró fue acrecentar las desigualdades sociales, agudizar todavía más el centralismo desde el Distrito Federal y llevar al país al estancamiento económico, eso sin hablar del baño de sangre que está viviendo el país.
La posibilidad de que López Obrador llegue a ganar las elecciones es real. El candidato de izquierdas, con un cambio de discurso más acorde con los tiempos que corren y buscando no asustar a los mexicanos que no quieren cambios radicales sino una paulatina modernización del país ya representa la segunda opción detrás del priista Peña Nieto. Su gobierno tendría que ser más cercano al estilo de Lula en Brasil que al de Chávez en Venezuela, pero aún así es difícil que los fuertes intereses económicos que existen en México permitan que un líder populista llegue a Los Pinos.
Parece que los dados están echados para el priista Enrique Peña Nieto. Joven y con una imagen perfectamente pulida y trabajada desde hace años para mostrar a un líder vendible a los votantes y a los mercados internacionales. Su triunfo, además, estaría fuertemente apuntalado por la estructura territorial de su partido. Los gobernadores, auténticos señores feudales en la mayor parte de los estados, se han echado sobre sus espaldas la misión de “ganar Los Pinos a cualquier precio”, y para ello cuentan con el dinero público de sus estados y recursos de procedencia no muy recomendable. Todo vale en estas elecciones para ganar.

Tres méxicos posibles

En el fondo la pregunta clave es: ¿Qué diferencias puede haber para el país según sea el vencedor? En el caso de la panista Vázquez Mota, el México que seguiría después del 1º de julio sería más o menos igual al de los últimos seis años. El mismo programa económico, con estabilidad en la macroeconomía pero cero desarrollo del mercado interno, control centralizado desde Los Pinos del gasto público y de la obra pública y cero transferencias de recursos y autonomía a los estados. Es decir, un crecimiento económico muy ligado a como vaya la economía de nuestro principal socio, los Estados Unidos. Eso sí, las reservas internacionales del Banco de México podrían llegar o superar los 200 mil millones de dólares americanos, pieza clave para mantener alto el valor de las acciones de la compañías mexicanas. El precio a pagar: más recortes en el mercado interno y sobre todo nulo crecimiento de la masa monetaria. Una política neoliberal pura y dura.
Si, por otra parte, resulta triunfador López Obrador y su coalición de izquierdas, la devaluación del peso mexicano está asegurada, lo mismo que el resurgimiento de políticas de subsidio a combustibles y electricidad. El primer año, con un dólar a 17 pesos, la economía mexicana parecería florecer. Las obras de infraestructura pública, al estilo de los tan cacareados segundos pisos del periférico citadino serían las estrellas del nuevo auge de infraestructura, las constructoras vivirían un periodo de euforia, lo mismo que algunos sectores productivos ligados al gasto público. El problema se generaría en caso de que los mercados bursátiles no se tranquilizaran, las inversiones extranjeras tampoco regresarán y la inflación se disparará. Posiblemente tendríamos tres o cuatro buenos años, pero a mediano plazo las tasas de crecimiento de la economía no podrían mantenerse. A diferencia de Brasil, de donde se copiaría el modelo, o Perú, otro país netamente exportador de materias primas, México ya es un socio fuertemente vinculado a Estados Unidos en materia económica y el milagro sudamericano de crecimientos del 7% anual no sería posible de mantener.
Nos queda la opción del PR I y su candidato Enrique Peña Nieto. El modelo a seguir estaría a medio camino entre los otros dos. En principio Peña necesitaría una devaluación del peso y ésta se produciría entre su triunfo y la toma de protesta., algo parecido a lo que ya ocurrió en los meses finales de la administración de Miguel de la Madrid, cuando en septiembre de 1987 devaluó el peso para evitar que su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, lo tuviera que hacer meses después. Esta operación le limpió el camino al nuevo presidente pata enfrentar los cambios radicales que acometió durante su sexenio.
Peña Nieto tiene que marcar un cambio radical con el actual gobierno. En el aspecto de la seguridad debe pacificar al país, o por lo menos lograr que la gente tenga esa impresión, y en el económico demostrar que sus políticas económicas están encaminadas a crecer fuertemente, para lo cual las reservas del Banco de México son básicas. Los 150 mil millones de dólares en reservas, servirían para inyectar dinero a la economía, para favorecer obras de infraestructura pública y para disparar ese escuálido nivel de crecimiento de poco más del 2% anualizado que ha mantenido México durante los últimos años.
Es previsible que los cuatro primeros años de Peña Nieto serían realmente buenos para la economía mexicana en números, sobre todo si Estados Unidos sigue consolidando su recuperación y nos vuelve a comprar los más de 100 mil millones de dólares que le vendíamos, pero a partir del último periodo de su sexenio los peligros volverían a surgir y la recuperación de la dinámica de crecimiento de México se podría detener si el próximo presidente, su gobierno y las cámaras de diputados y senadores no son capaces de modernizar realmente las estructuras productivas del país. Cambios como una nueva Ley Fiscal con aumento significativo en el número de contribuyentes, la puesta en marcha de impuestos tabúes hasta ahora sobre el IVA y otros indirectos y una modernización global del sector productivo son materias pendientes por acometer para evitar de una vez por todas las tradicionales crisis cíclicas de la economía mexicana.

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