¿QUÉ PASÓ?

Por Nicolás Lizama

El domingo -¡puf!-,fue imposible escapar de las garras del fútbol. Desayuné, almorcé y cené escuchando hablar de tan popular deporte a nivel mundial.

Por la mañana, engullendo dos tacos y medio plato de consomé de barbacoa en el parque de “Las Casitas”, varios fulanos, con la playera bien puesta, orgullosos –todavía-, de su club, aseguraban que el equipo de sus amores iba a ganar. Hasta un chaval que no sobrepasaba los ocho años de edad, con una playera del Cruz Azul, participaba en la plática que por ratos se convertía en plegaria ya que, una doña –lo que es el instinto de la mujer-, dijo hasta en tres ocasiones: “¡Ay, Dios, ojalá y no se nos vaya a cebar!”.

Más tarde, ya con el borrego haciendo digestión en mi estómago, subí a un taxi y lo primero que el conductor me preguntó, fue: “Y usted, ¿a qué equipo le va? Y, sin permitirme la respuesta –no hay nada más grosero que eso-, agregó de inmediato con su forma tan atropellada de hablar: “¿No me diga que es americanista?”

En los periódicos, ni se diga. Los jefes de información pusieron a trabajar en el tema a sus mejores elementos y así nos pudimos enterar de todo lo que tiene que ver con ambas instituciones en el fútbol nacional. En el democrático facebook, cada quién escribió lo que la emoción le dictó. Allí hubo parejura en cuestión de números. Aún cuando fueron un poquitín más virulentos los fans cruzazulinos, ninguno apabulló en cuestión de mayoría a su rival.

En la comida, pasado el mediodía, fue peor. Ya con algunas cervezas en el interior del cuerpo, con la sinceridad y la espontaneidad que da el alcohol, los comentarios subían de tono y no faltó el que, de plano, lió “armas” y les llamó “hijos de tal por cual” a sus adversarios en una lid que por ratos abandonaba lo meramente deportivo para incursionar en senderos más peligrosos para la integridad personal.

En dicho sitio no había uno que se mantuviera ajeno a la contienda que se celebraría en pocas horas. El dueño del restorán, mesurado, sabedor que entre su clientela hay gente de los dos bandos, adornó su local con afiches de los dos clubes que dirimirían su supremacía en el fútbol.

Los señores candidatos, faltaba más, aprovechan la ocasión y también llevan a gua a su molino. Sus coordinadores organizaron reuniones en vecindades, con el susodicho –y su infaltable sonrisa-, encabezando el evento. Alguien en el facebook, preocupado, le diría a uno de ellos: “organiza visitas domiciliarias y saluda a la gente, así lo están haciendo todos los demás”.

Por la noche, llegado el gran momento –contagiado, que digo, embriagado con tanto fútbol-, lo que se antoja es reunirse con los amigos y presenciar el encuentro que ya de entrada promete ser una batalla en la que los contendientes no dejarán nada en los vestidores y se darán hasta con la cubeta si hubiera necesidad.

Todos los que están sentados frente al televisor simpatizan con la llamada “máquina”. No hay uno que no tenga en mente festejar el campeonato que viene en camino. Por la mañana jugaron un partido correspondiente a la tercera fuerza del llano y golearon al equipo rival. Eso, sin embargo poco importa, ya ha quedado atrás. Nadie habla de eso. En esos momentos solo están pendientes de lo que sucede frente a la enorme pantalla de Miguel Palma Tamay, que se luce con las botanas y prepara mangos aderezados con limón, chile molido y su sal.

De pronto, ¡goooool!. “¡Ya no los chingamos!”, exclama uno de los asistentes con sus lágrimas y salpicándonos a todos. Brincan, se abrazan, se impregnan de cerveza, en fin, uno de sus grandes sueños, ver a su equipo campeón, se está a punto de concretar. Los del Cruz Azul están realizando un trabajo fenomenal. Por ratos le esconden la pelota a los americanistas y en las tribunas solo se escucha el clásico ¡ooooole!, de una afición que cada vez siente más el título en la bolsa. Los narradores de Televisa, de plano, están observando otro partido diferente al que vemos todos los demás. Ya crucifican al árbitro, ya dictaminan cuál falta es merecedora de tarjeta y cuál no, ya le sugieren al “Piojo” a cuál jugador meter y a cuál sacar.

Todo iba bien. Todo era tan normal. El reloj avanzaba y todo parecía que el festejo se vestiría de azul. De pronto algo pasó. Algo que no estaba en el guión sucedió. “Todo estaba preparado para que ganara el “América”, me dijo lo más rotundo que pudo una seguidora del Cruz Azul, vía facebook. Otra, lastimada en el sentimiento, me dijo directo, al chile, como dirían los chavos de hoy: “le faltaron huevos al Cruz Azul!

Y es que, de plano, de pronto todo colapsó. Lo increíble comenzó a suceder. Mis ojos no lo podían creer. Con diez jugadores en el campo de juego el equipo del “Piojo” comenzó a remontar. Y vino el primer gol. Y vino el segundo en una jugada del guardameta Moisés Muñoz, que los locutores de Televisa seguramente inmortalizarán en el bronce a manera de homenaje para el héroe que los desgañitó.

De pronto, así como suena, ¡zaz!, en un abrir y cerrar de ojos, el rumbo del encuentro cambió. Los tiempos extras fueron una especie de agonía para el Cruz Azul, que en vez de mejorar, se hundió inexorablemente. Varios seguidores de la “máquina”, lo que es la vida, suplicaban que terminaran los tiempos extras y que comenzaran los penales, porque de lo contrario en cualquier momento las reanimadas “Aguilas” anotaban el gol que significaría el último clavo en el ataúd del Cruz Azul.

Los tiros desde los once pasos fueron mero trámite para los azulcremas. El Cruz Azul, derrotado, sin eso que usted se está imaginando, cayó de bruces, ni siquiera fue con la cara al Sol, para vergüenza de tantos seguidores, que ya hasta les habían puesto un altar.

(Les invito a visitar la página http://www.colinasmonero.com)

Colis2005@yahoo.com.mx

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