ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Hace años, muchos por cierto, durante mi juventud, como les ha sucedido a muchos, mis amigos eran dos años más grandes y mientras un servidor cursaba la secundaria ellos ya iban a la preparatoria o al recién estrenado Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH).

Sus pláticas sobre diversos temas lograban que mi atención se fijará en sus palabras y los miraba con una mezcla de admiración y envidia cuando hablaban de mujeres, sexo, política y en esto último la mayoría eran de tendencia socialista.

Aunque lo mío eran las matemáticas, física y química las ciencias sociales no me gustaban, mi objetivo era ser ingeniero químico, no podía evitar que mi curiosidad sobre el “hacer la revolución”, “el socialismo”, “el comunismo”, Marx o Engels se impusiera en mi mente, sobre todo para poder entrar en las conversaciones de ellos.

Así que tiempo después cuando me tocó hacer el examen para ingresar a la preparatoria escogí por esa influencia el CCH, como primera opción, lo cual se me dio.

Entonces empezó mi periplo por el mundo del marxismo cecehachero, para medio refinarlo después en la UAM Azcapotzalco.

Por cuestiones que normalmente llamamos “azares del destino” me tocó que se sentará junto a mí un amigo que militaba en el Partido Popular Socialista (PPS) ahí empezó el “jalón” a la participación política.

Hablar de la dialéctica y de las contradicciones era tema obligado en el círculo de los adjetivados como “socialistas” o “comunistas”.

Varios militantes del PPS estudiaban ahí mismo y bueno de alguna manera era normal que entrara en ese círculo, pero ante su experiencia y mi ignorancia en muchos de los temas, no sabía por qué de repente me decían que era trotskista.

Lo único que sabía es que León Trotsky había sido amigo de Diego Rivera, Frida Kahlo y que había sido asesinado, así que no quedo más remedio que ir a la biblioteca y leer algunos de los textos de Trotsky.

Me gustaron tanto que compartí y comparto su punto de vista sobre diversos temas, eso me ayudó a cuestionarme sobre los enfrentamientos de la llamada izquierda a nivel mundial y nacional.

Siempre noté que hablábamos de las contradicciones sociales, del sistema, pero poco de las personales, de las internas y entonces empecé a fijarme en las mías, las que según tenía que amar, pero que a la vez también odio.

Hace tiempo escribí que no se debían escribir groserías porque podrían llegar los textos a los niños, para eso ya había leído la opinión de León sobre el tema: “El lenguaje insultante y los juramentos constituyen un legado de la esclavitud, de la humillación y falta de respeto por la dignidad humana, tanto la propia como la de los demás”.

Es sólo una frase de la larga opinión que Trotsky da sobre el tema de las leperadas, gracias a mi contradicción que puede inventar muchas excusas para justificar el lenguaje soez que en ocasiones utilizo, más no por ignorancia de lo que hago, es por lo que a veces sufro cuando escribo una leperada.

Esto viene a colación, porque al parecer existe un monopolio de las groserías, aunque ellas se dicen por personas de cualquier sector social, normalmente ese lenguaje se le atribuye a los jodidos, a los que viven en los arrabales.

El monopolio de las groserías, el bien visto al que me refiero, está en manos de los comediantes o actores de cine, teatro, televisión y en muy raras ocasiones la radio.

Así que el “estamos hasta la madre del PRI” expresado por el presidente de Acción Nacional, vino a colocar a éste, no como mal comediante, estilo Platanito, sino como un simple arrabalero.

El “Platanito” azul, se tropicalizó en Isla Mujeres, erró su discurso y creyó que a cualquier persona se le permite decir leperadas.

Bueno también hay cosa peores que el decir una grosería y es decir mentiras, tratar de engañar a la gente o establecer un discurso para inducirla o enajenar su mente, como lo hizo el presidente nacional del PRD, Jesús Zambrano.

La verdad no se que sea peor un político que diga groserías o aquel que se quiere aprovechar y apropiar, sin datos firmes, de la conciencia de los ciudadanos.

Hasta mañana, obligado.

P.D. Chingá ya se acabó el espacio, ni modo, ya veré sí le sigo sobre el tema, mi estimado lector.

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