UN VERGEL EN LA CIUDAD

Por N. Mario Rizzo Martínez

(Corresponsal de UNQR para el Caribe)

 LA HABANA.— La ciudad de La Habana, como toda capital, se ha ido extendiendo y cada vez más el verde de los árboles es sustituido por la policroma superficie de nuevos edificios, símbolos de modernidad pero también de la agonía de la naturaleza.

Hace 55 años nació una comunidad, por estos lares se le llama Reparto, en lo que entonces era la extrema periferia de una Habana Metropolitana creciente. Le llamaban CMQ pues allí habían comprado casa muchos artistas y técnicos de la emisora de radio y tv de ese indicativo. En 1959 fue bautizada como Atabey, nombre indocubano similar a otros que fueron empleados para nombrar zonas residenciales hasta entonces exclusivas.

El residencial Atabey es bordeado por una amplia avenida que une la capital con zonas del interior de la entonces provincia Habana y contaba con confortables viviendas rodeadas de jardines y patios pero con muchos lotes vacíos entre unas y otras.

En una de esas casas vivía un japonés de edad indeterminada deseoso de cultivar vegetales, exóticos para los cubanos de aquellos tiempos, pero indispensables en su mesa; quizás hasta había nacido en esta isla pues la inmigración, no muy amplia, de japoneses a Cuba  había comenzado desde inicios del siglo XIX; tal vez procedía directamente del lejano archipiélago y aquí había conocido el amor y las bondades y desventajas  del trópico. Lo cierto es que en algún momento comenzó a plantar una huerta en uno de los lotes baldíos lindante con la moderna avenida.

Quienes por allí pasaban veían al muy delgado japonés ataviado con amplio sombrero de yarey luchando contra el sol, el calor, la alta humedad relativa, los insectos, pero tratando de obtener coles, ajos porros, pimientos, jengibre, y muchas verduras escasas o inexistentes en los mercados.

Por aquellos años vender productos agrícolas era de competencia exclusiva del gobierno e incluso su producción estaba a cargo solamente de grandes empresas agrícolas o cooperativas semiestatales. Pero diferentes personas comenzaron a detenerse ante la huerta del japonés y solicitarle la venta de algunos de sus vegetales.

Se cuenta entre los vecinos que incluso diplomáticos extranjeros le visitaban y compraban sus verdes y escasas exquisiteces y que no faltó alguna oportunidad en que sus vegetales fueron a parar a elegantes platos ofrecidos en recepciones de gobierno.

Ya el japonés no está entre los surcos de su huerta, por estos tiempos  mucho mayor y moderna pues cuenta hasta con siembras cubiertas y otros beneficios. Están sus nietos disfrutando de una apertura económica que les permite producir, beneficiar y vender sus productos libremente.

Desde siempre en la mesa del cubano no debe faltar el arroz, los frijoles, alguna vianda (papa, camote o boniato, yuca o mandioca, plátanos, u otras como la calabaza o el ñame) y alguna carne o huevo, este último muy importante en los últimos años. Los vegetales pueden estar ausentes sin mucho agravio.

Pero los tiempos cambian y con ellos los gustos, ahora son muchos más los vehículos que frente a la huerta detienen su marcha y la reanudan cargados de frutas y vegetales frescos, orgánicos, de excelente calidad aunque, eso sí, un poco caros para el bolsillo común.

Por suerte entre tanto asfalto y hormigón existen verdes vergeles que nos ayudan a respirar y nos alimentan como prueba de la voluntad humana de no derivar en especie alimentada artificialmente y de que por muchas generaciones los citadinos, japoneses o no, puedan disfrutar del inigualable placer de unos sabrosos vegetales frescos y de frutas capaces de deleitar a personas de cualquier edad.

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