CONFESIONES

Por Guillermo Vazquez Handall

 Un grito de triunfo contenido en la garganta

Difícilmente hoy y tal vez toda la semana se pueda hablar de otra cosa que importe mas, independientemente de los temas torales del país, ayer como en muy pocas ocasiones en México había una coincidencia unánime, el deseo colectivo de triunfo.

Y es que aunque nos remitamos a un episodio especifico, el impacto innegable del mismo, tiene profundas influencias en el pensar y sentir social, por tanto en consecuencia tendrá efectos y enseñanzas.

De hecho, porque no es una consecuencia menor, el fenómeno que consigue como ya apuntábamos, reunir en un mismo deseo a toda una nación, tiene que considerarse por lógica, como un elemento extremadamente positivo.

Más aun por la certeza de que nuestra selección de futbol, podía ganarle a Holanda y pasar a cuartos de final en la copa mundial de Brasil, el tan ansiado quinto partido, por el que tendremos que esperar otra vez cuatro años mas.

El desempeño del equipo nacional en la fase de grupos hacia albergar esperanzas consistentes, aun y en la conciencia de que para dar el siguiente paso había que enfrentar a una potencia, que hasta ese momento era sin duda el mejor equipo del mundial.

Esa sensación se fue fortaleciendo a lo largo del encuentro, porque a pesar de los pronósticos, el equipo mexicano, que materialmente ayer paralizo a todo el país, estaba resolviendo con personalidad y carácter.

Un equipo que se sobrepuso a los antecedentes de un periodo de clasificación desastroso, pero que con gran dignidad y entrega revivió ese fenómeno casi inexplicable, mediante el cual todo un país se olvida momentáneamente de sus conflictos.

Una nación que deja de lado sus problemas para entregarse sin limites a creer, a una pasión, que es mucho mas que el producto de una afición deportiva, mas bien un símbolo de encuentro que ninguna otra actividad como esta, tiene la capacidad para unificar tanto.

Al final de cuentas el destino de nuestra selección, vino a ocupar un espacio, un elemento de unidad, que en la esperanza nos permitía a todos participar aunque no estuviéramos en la cancha con los jugadores, tener el sentimiento de compartir con ellos su odisea.

De encontrar en su esfuerzo, una especie de aspiración colectiva para demostrar y demostrarnos que somos mucho mas que nuestros problemas, un ansia de grandeza personificada en el coraje de quienes nos representan en la cancha, pero que al final de cuentas son un espejo de lo que somos.

Porque durante noventa minutos todos éramos iguales, todos éramos verdes, todos fuimos la selección mexicana de futbol, en un compendio de anhelos, en el retrato de lo que queremos y sabemos que somos capaces de alcanzar.

Precisamente por eso el magnifico desempeño del equipo nacional, logro permear tan a fondo, materializar un sentido de identidad y de identificación, un orgullo genuino.

Las derrotas duelen, pero hay algunas ocasiones aunque eso no sirva de consuelo, en que la sensación que queda después de un resultado adverso tiene otro sabor, por lo menos en este caso es una impresión que se relaciona con la injusticia.

No solo porque en ese resultado estuviera de por medio una polémica y errónea decisión arbitral, sino porque en la selección mexicana había sido mejor que su rival holandesa.

Porque a solo nueve minutos del final de juego el equipo mexicano estaba ganando con autoridad y con ello acariciando un destino histórico, que como nunca antes parecía tan tangible.

Sin embargo la mala suerte que parece ser compañera permanente de viaje, la desconcentración en los minutos finales y tal vez un planteamiento equivoco para terminar de transitar la ultima parte del juego, una vez mas separan a un equipo y a todo un país detrás de ellos, de la gloria anhelada.

Duele y mucho la derrota, el sabor amargo de la injusticia, pero ya serán los expertos en el análisis del juego quienes determinen los factores que llevaron al lamentable resultado, a los demás los que nos queda es el grito apagado de la victoria en la garganta, peleando por salir, contenido en la decepción.

Porque de cualquier manera, esta derrota no sabe igual a todas las anteriores en la misma instancia, hoy la selección mexicana se ha convertido en una especia de espejo donde podemos reflejarnos, como un filtro que nos representa.

Sobre todo para aquellos que crecimos sufriendo los oscuros pasajes de acontecimientos anteriores que afortunadamente sin olvidarse, se ven tan lejanos en el tiempo, que no son ya elementos de influencia para las nuevas generaciones de mexicanos.

Porque sin lugar a dudas, hay que reconocer en todo lo que vale que la mentalidad cambio, los retos se enfrentan y asumen desde otra perspectiva, con hambre de triunfo, aunque este no siempre se consiga.

Al menos el futbol no sirve para asimilar que nuestra sociedad, con todos sus contrastes, es capaz de unirse en objetivos comunes, de verse así misma ganadora, con un gran carácter de esfuerzo y lucha.

Seguramente para algunos la trascendencia de ganar o perder una competencia deportiva, se remite únicamente a un evento sin mayor importancia, pero en esta ocasión independientemente de las circunstancias, significa la posibilidad sentirnos diferentes.

Si de sentirnos orgullosos, porque el esfuerzo lo valió, porque los millones de mexicanos que no estuvimos en la cancha, acompañamos a nuestros jugadores, en algo que es mucho mas grande que simplemente ganar un juego.

Claro que duele perder y mas de la forma en que sucedieron las cosas, pero también hay que suponer que siguiendo este camino mas temprano que tarde vendrán muchas y muy grandes satisfacciones.

Que esto tiene que servirnos de ejemplo como sociedad, que desde esta extraordinaria muestra, nos obliga a exigirnos cada vez mas, haciendo a un lado las rivalidades y los enconos, pensando en plural.

Comentarios: Twitter@vazquezhandall

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