CONFESIONES

Por Guillermo Vázquez Handall

Cuando el presidente Peña Nieto designó y en la forma en que lo hizo, a Luis Videgaray como su secretario de Hacienda, otorgándole poderes que trascendían esa encomienda, no pocos pensamos que podía ser su sucesor.

En este espacio llegamos a nombrarle vicepresidente de la República, porque si bien el cargo no existe formalmente, el poder y las atribuciones encomendadas a Videgaray le daban a su posición esa dimensión.

Aunque en el equipo cercano del mandatario y en el gabinete habían de inicio contrapesos, como el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, por ejemplo, las facultades del secretario de Hacienda le permitían opinar y decidir sobre cualquier tema, su influencia sólo podía ser equiparable a la de su superior jerárquico.

Prueba de ello el trato personal con el presidente, digamos en términos igualitarios, tanto en público como en privado, mediante el cual el mismo Videgaray y no por desconocer las reglas protocolarias, se empeñaba en demostrar a propios y extraños, el nivel de su relación con el mandatario.

Sin omitir que esa fuerza inconmensurable sirvió para colocar a sus incondicionales en posiciones de la mayor envergadura, herramienta que además favorecía su influencia y hegemonía en todas las áreas del gobierno.

Sin embargo con el transcurrir del tiempo, aunque muchas de las condiciones descritas permanecen, el comportamiento de Luis Videgaray se fue transformando, de forma que sus decisiones y la implementación de éstas, no parecían buscar un objetivo electoral personal.

Principalmente estamos hablando de la Reforma Hacendaria de su autoría, que es sin lugar a dudas el tema promovido por el mismo gobierno, que representa el principal obstáculo electoral para el régimen.

Pero todo ello se explica desde una perspectiva tan sencilla y lógica, que pudiera parecer contrastante, sin embargo, no por eso deja de ser contundente, Luis Videgaray categóricamente no tiene la más mínima aspiración personal de ser el próximo presidente de la República.

No se trata solamente del resultado de un análisis basado en hechos, sino de información corroborada, que en todo caso coincide plenamente con los comportamientos y actitudes del personaje.

Los intereses personales de Videgaray no son los mismos que los del régimen del que forma parte, no son tampoco los del líder de un grupo político que busque permanencia en el poder, ni para él, ni para los suyos.

A estas alturas del régimen, Videgaray ha logrado consolidar una situación económica, que seguramente garantiza el soporte de su familia por varias generaciones futuras.

Adicionalmente como lo hemos observado últimamente, sus esfuerzos se han encaminado a la búsqueda de reconocimientos internacionales, a cambio incluso de las críticas y rechazo nacional.

Esto evidentemente como antecedente de lo que el mismo se plantea hacia el futuro, es decir, mediante la construcción de una imagen a modo que lo lleve, cuando llegue el momento, a colocarse en una posición en el extranjero.

Visto así, el momento de Videgaray ha dado de si, políticamente ha finalizado y por ende no es ni será un factor hacia el futuro, aún y cuando desde su posición siga ostentando una enorme cuota de poder.

En su caso, no podemos hablar de expectativas no cumplidas, simple y sencillamente porque ahora se entiende que nunca las hubo, con todo y que el mismo presidente Peña Nieto las hubiera tenido al principio respecto de Videgaray.

Lo interesante en todo caso, que debe seguir siendo motivo de reflexión, es el planteamiento que significa el beneficio de su permanencia, porque es claro que desde su posición ya no aporta en positivo al sistema.

Más aún cuando esa actitud, si bien todavía no es suficiente para ser separado del cargo o enviado a otra posición, considerando el impacto negativo de la Reforma Hacendaria para el gobierno, ha abierto la puerta para que otros personajes empiecen a ocupar los espacios que Videgaray está dejando.

Invariablemente hemos insistido en que el presidente Peña Nieto, por su formación política, privilegia un pragmatismo en el cual los intereses del régimen están por encima de sus afectos personales.

Pero pareciera que en el caso de Videgaray, aún y con todos los argumentos antes relatados, pero sobre todo en su manifiesta carencia para ser un proyecto político viable, en el presidente hay una especie de debilidad afectiva hacia él, que media poderosamente en su juicio.

La frontera está señalada en la próxima elección federal en la que se renovará la Cámara de Diputados, no sólo por el riesgo que supone que el PRI no alcance buenos números.  Sino porque es en ese momento cuando las cartas del priísmo, para participar en el proceso sucesorio presidencial, tendrán que ponerse abiertamente sobre la mesa, ante el escrutinio de la clase política y la sociedad en simultaneo.

Visto así, llegada esa fecha, la situación de Luis Videgaray tendrá que definirse en forma definitiva, no nada más respecto de una aspiración electoral, que como ya hemos apuntado no existe.  Sino porque su permanencia y participación, como ya se ha visto y no puede haber duda de ello, es muy dañina para el sistema desde cualquier punto de vista.

Twitter: @vazquezhandall

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