HIJOS, NIETOS Y BIZNIETOS

Por El Borrego Peludo

Llegar a la Tercera Edad tiene sus encantos. Quizás el más significativo es que los hijos te aportan nietos, los nietos traen los biznietos y, si tu vida se prolonga hasta la Cuarta Edad, entonces tendrás tataranietos y hasta choznos, aunque eso de llegar a quinta generación de descendencia no es cosa de juego.

Salvo las excepciones, que no hacen más que confirmar la regla, los padres demostramos inmenso amor por los hijos, aun cuando aparezcan sin haber sido planificados, sean fruto de una relación no legal, o nos conduzcan a estrecheces económicas.

El legado humano que dejamos es muchas veces la única prueba de que anduvimos por este mundo e hicimos algo más que comer para sobrevivir y luchar para alcanzar una buena vida, concepto que muchas veces suele llevar a conductas que desdicen del género humano.

A los hijos los educamos, los guiamos desde sus primeros pasos, los orientamos, tratamos de ser sus amigos y ganarnos su confianza, los reprendemos cuando no hacen o no quieren hacer lo que consideramos beneficioso para ellos, y finalmente les dejamos ir para que funden su propia familia. En ese proceso somos a veces inflexibles y por ello la opinión que estos tienen sobre nosotros varía sustancialmente con el tiempo.

Entonces llegan los nietos. De pronto la vara con la cual medíamos a nuestros hijos se hace más flexible y si con la generación anterior nos comportamos protectores, con esta llegamos a ser verdaderas fieras defendiéndoles hasta de sus padres, o sea nuestros hijos.

A los nietos los tratamos con especial cariño, nos hacen comportarnos como si fuésemos sus coetáneos, y obtienen de nosotros todo lo que desean. Quién no ha entregado a un nieto aquel cofre que mantuvimos como cosa prohibida a los hijos, o la joya más apreciada, o el recuerdo que conservamos de padres o abuelos.

Con los nietos queremos bailar, ritmos que nos son ajenos y extraños, pero nos esforzamos; con los nietos somos intransigentes porque “sabemos” que son inteligentes y esforzados, y que por lo tanto debemos exigirles lleguen a la cima en lo que se propongan.

Los nietos son, en resumen, la maravilla que nos hace discrepar de nuestros hijos porque “no comprenden” los suyos, o no se esfuerzan lo suficiente porque nada les falte y tengan todas las oportunidades.

Me imagino que con los biznietos, sólo me imagino pues ahí no he llegado, sea mucho más complicada la relación. Tengo un vecino, octogenario, que se pasea por toda la casa en cuatro patas llevando sobre su espalda a la biznieta quien le hala los pocos pelos y hasta a veces lo “moja” mientras se ríe. Mi vecino termina con la columna destrozada, sin aliento, pero con una cara tan feliz que si algún día muere en semejante esfuerzo seguramente lo hará alegremente.

No conozco a nadie con tataranietos ni choznos, he oído cuentos e historias, pero si las atenciones siguen creciendo exponencialmente los tatarabuelos han de ser ya una especie de biojuguete para los infantes.

Sean pues bienvenidos los hijos, los nietos, y los que le siguen. Luchemos porque tengan una vida digna y sepan aprovechar las oportunidades que vivir les puede traer. Seamos alegres porque dejamos una buena huella y no porque dejamos retoños retorcidos.

Sin embargo a pesar de estas alegrías la población en los países desarrollados sigue estancada en su crecimiento e incluso a veces decreciendo. Crece la población donde no abundan los recursos y tal vez sea porque la descendencia ayuda a alegrar la vida aún en las más trágicas condiciones.

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