EL PERDÓN

Por El Borrego Peludo

Quizás muchos han abordado el tema del perdón pero, según lo que demuestra la realidad circundante, no lo suficientemente ni con resultados alentadores.
Abundan los ejemplos de la incapacidad para perdonar que tienen muchas personas, que van desde un ofendido conductor agredido a gritos por otro, hasta un jefe de estado impedido por la ley o las costumbres de perdonar al vecino que ha transgredido alguna norma.
No se trata de quedar inertes o pasivos ante abusos o maltratos, se trata de valorar a fondo si la otra parte ha actuado de buena fe, en cumplimiento de deberes establecidos, por ignorancia, por incapacidad o por cualquier otra causal posible de tomar en cuenta.
Ejemplos de cuanto puede ayudar en la propia obra el perdón hay muchos, pero quizás ninguno como el de ese gigante, Nelson Mandela, que tras cumplir 27 años de injustificado y cruel castigo fue capaz de transformar a los anteriormente enemigos en copartícipes para la construcción de un nuevo país que necesitaba de todos y no de vendettas, y lo logró perdonando. Decía que el perdón beneficiaba más a quien perdonaba que al perdonado, y que el alma y la mente se enriquecían cuando así se actuaba.
Las religiones, tan dadas a amenazar con el castigo, han tenido en el perdón el brazo de equilibrio para no perder a sus rebaños. Algunas se han desviado tanto de sus esencias que el perdón y la vida eterna sólo es alcanzable cometiendo las más bárbaras atrocidades.
El perdón ha encontrado su espacio en la política. Se aplica a delincuentes presos cuando se decretan amnistías, a otro estado cuando el acreedor condona una deuda, a los habitantes de un país si se ajustan o reducen los impuestos. Son perdones condicionados, y como otros carecen del sentido esencial de una acción que debe ir más allá del beneficio propio que se logra.
El Papa Francisco, quien paso a paso revoluciona el Vaticano, ha pedido perdón con humildad y con su ejemplo ha llamado a sus fieles a hacerlo, pero no le ha temblado la mano al censurar y castigar a quienes han dañado la imagen de su iglesia.
Es que perdón y castigo no son antagónicos. Si quien yerra no es advertido de su error, de su magnitud, del daño que causa, y adecuadamente castigado, nunca podrá enmendar su conducta y por esa vía aspirar a ser perdonado.

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