ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Nunca sabes cuándo vas a adquirir el hábito de la lectura o sí se te va a dar.

Desde muy pequeño debo reconocer que en los días que no había amigos para jugar la opción era ir a la casa de mi tío y meterme debajo de la cama para escoger una caja en la que guardaba las historietas (hoy llamados comics).

Tenía colecciones completas de MemínPinguín, Chanoc, Los Supersabios, La Familia Burrón y de plano hasta le “pegaba” su leída a Lágrima Risas y Amor.

Esa era la biblioteca de los pobres, no existían libros o sí había no recuerdo más que los de la escuela.

Fueron varias las repasadas que les di a mis historietas preferidas.

Ya en la preparatoria, era negado a leer, entonces había adquirido el objetivo de ser futbolista y la lectura abandonada y sustituida por las matemáticas.

Cada fin de semana salíamos de viaje ya que participaba en la tercera división, después la segunda y la reserva profesional, pero en uno de los primeros viajes sucedió.

Por lo regular era el maldoso que esperaba que alguno de los compañeros se descuidara o se durmiera para hacer alguna maldad: anudar múltiples veces las vendas, las agujetas o poner la mochila de alguno en la orilla del maletero que tienen los camiones arriba de nuestra cabeza con el fin de que en alguna curva se cayera sobre el que iba distraído o dormido.

La vez que me la hicieron a mí, desde luego que respondí con enojo y fue sobre mi amigo y compañero de habitación, el cual es el responsable de mi hábito de la lectura.

Ante mi enojo él me dijo – Te gusta hacer, pero que no te hagan, sí te vas a llevar aguántate.
Todo el camino y parte de la semana me la pase en la reflexión sobre esas palabras y decidí no llevarme más ya que comprendí que no me aguantaba.

Entonces al siguiente viaje, tomé un libro, el más delgadito de la ya existente biblioteca de la casa, y se trató de La Metamorfosis de Franz Kafka.

Como ya se traía una práctica de los comics, resultó que inicié la lectura y aún no tomábamos carretera, cuando las 34 páginas escritas por Kafka se habían agotado; la primera reflexión fue y por esto me reprobaron, por la flojera de no leer 34 paginitas.

Ese libro sirvió en un viaje largo, de Coatzacoalcos al D.F. para entablar una larga conversación con dos mujeres muy guapas que estudiaban filosofía y letras y de lo que más me acuerdo es que me comentaron que un compañero de ellas se había suicidado a consecuencia de la lectura de ese libro.

Entonces supe que leer era un tema de conversación interesante y que se debe tener cuidado en no tomar tan a pecho lo que se narra en diversos medios, porque la lectura resultaba peligrosa.
Miren por qué lo digo, hasta es posible que logres que te excomulguen de la religión católica, antes de autoexcomulgarme, el siguiente libro fue Las Fábulas de Esopo.

Un día salió publicado en varios periódicos que el que leyera “El Sexo en el Confesionario” sería excomulgado y ahí en la tarde que me voy a la librería El Sótano a comprarlo y por ende a excomulgarme.
Hasta mañana.

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