ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Muerto revive.
Un juego que pareciera sencillo era el de las canicas.

Espero no se me olvide las diferentes formas de jugarlo: el más popular era el hoyo, cocol, todas al centro y sacarlas del tiro.

El terreno debería ser especial, si había tierra mejor.

Las horas que había que ensayar para especializarse eran incontables, empezabas tirando de uñita y después de huesito, en aquel entonces no se hablaba de coordinación gruesa o fina y como se desarrollaba esta mediante los juegos.

El más común era el hoyito, se incrustaba una canica mediana en la tierra y se hacía el hoyo, con características que dependían de la habilidad de los jugadores, se podía hacer un poco grande para acceder fácilmente a él o inclusive hacerlo en una subida para que fuese lo contrario.

Se pintaba una línea de tiro, que era donde empezaba el juego y se decidía por acercarse o no al hoyo, ya que tenía sus riesgos según del jugador que siguiera, si no eras el primero y el otro había decidido colocar su canica cerca del hoyo y te arriesgabas a acercarte podría ser fatal ya que aquel tenía la habilidad para meterla en el hoyo y “matarte” o pegarle a tu canica para sacarla por la línea de tiro.

El ritual comenzaba con un grito en el momento de tirar la canica por primera vez –Altas ya bajas para todas mis barajas- eran palabras mágicas para poder tirar como quisieras, sino las decías podían obligarte en un tiro fácil a hacerlo desde la rodilla o más alto desde el pecho.

El “muerto revive” tenías que decirlo en el momento en que la amenaza de perder era latente y sí se hacía válida la opción, aunque te “mataran# volvías a tirar desde la línea de salida.

La apuesta se hacía al principio, era un número determinado de canicas, nunca se apostaba dinero, los finales del día ya cuando te ibas a meter o alguien era llamado a su casa eran los “picudos” ya que se ponía en la apuesta todas las canicas, eso era adrenalina.

El “Cocol” era más técnico, si bien había una line de salida y un rombo que se asemejaba al pan llamado de esa manera, de ahí el nombre, tenías que sacar una canica de ese polígono, más allá de “una cuarta”, es decir extendías tu mano y abrías el pulgar y el meñique a todo lo que diera para no caer dentro de “la cuarta” que significaba tu muerte, sí lo lograbas entonces tenías “la vida” y podías “matar” a cualquiera de los participantes, pegándole a su canica.

“El círculo” en sí eran dos de ellos, uno pequeño al centro y otro grande que fungía como salida o “tiro inicial”, la canica había que sacarla, al igual que en el cocol una canica del círculo pequeño más allá de “una cuarta”, para tener la posibilidad de hacer que “chuparan faros” los contendientes y la diferencia era que con un golpe o varios seguidos podías sacar del círculo mayor a los demás sin necesidad de haber sacado una canica del círculo pequeño.

Por último sacarlas del tiro, era un juego en el que tenías que pegar y acomodar las canicas de los otros, para sacarlas por la línea de inicio, se jugaba poco ya cuando las habilidades se habían adquirido para juegos más “extremos” como el cocol.

No había pleito ya que, como dije antes, los madrazos eran obligatorios en cuanto los grandes se les antojase echarnos a pelear y si no, en ese entonces una simple mentada de madre era suficiente para entrarle al “trompo”, sí en la casa no te enseñaban a respetar, la calle lo hacía.
Hasta mañana.

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