ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Las visitas a la casa de cualquier familiar o amigo siempre me han resultado particularmente difíciles.

Una es la razón fundamental, acostumbrado a trabajar en un horario quebrado, es decir ocupar tres horas para comer y echar la siesta, de las dos de la tarde a las cinco es un martirio el mantenerme con los ojos abiertos.

No digamos si es necesario usar el baño, siempre es un gran reto, no saber si van a dar ganas de hacer del baño y sobre todo del número “maligno” el “Dos”.

Encontrar el papel para el baño, siempre colocado en partes diferentes de las distintas casas que visitas y lo más grave es que el colector de agua siempre esté lleno o su llenado sea lo suficientemente rápido para que pueda uno disfrazar la necesidad que acusó y acusa al último que utilizó esa parte de la casa.

Me tengo que mover entre una disyuntiva, seguir las normas que se ajustan al modelo de la enseñanza que obtuve o aquella regla que dicta: “Al pueblo que fueres haz lo que vieres”.

En alguna ocasión visitamos una casa en la que no se acostumbraba comer con cubiertos, la tortilla era toda la herramienta y sí por ahí va una invitada que no sabe cómo usar la tortilla y de repente se le ocurre pedir cuchara o tenedor, el pánico es pronto a aparecer.

En diferentes lugares del interior de la república, el domingo es el día de visita, acostumbrado a trabajar todos los días, es muy poco probable que uno se relaje y se acostumbre al relajo.

Las visitas son expertas en aparecer necesidades que en casa uno nunca tiene, la sed y el hambre son dos de ellas que se presentan a diferentes horas de las acostumbradas y uno se pregunta ¡A qué hora se comerá aquí? Y no se le ocurra a uno salir a comprar algo, porque resulta que después de terminar de ingerir unas galletas o cualquier comida denominada “chatarra” la voz que dice que es la hora de “papear” resuena por todos los rincones de la casa y le pega en el oído a uno como un mazo.

Es increíble que acabando de comer algo tenga uno estómago para recibir la comida tan abundante que siempre sirven a los invitados.

Y casi siempre hay un postre en esas ocasiones.

Este domingo fue el día del padre y hubo diferentes festejos en los que la comida se ofrece en todos lados y no digamos la bebida, lo malo es cuando uno no le gusta el pastel y pues no puede tomar, así que ni modo a “Agua y Ajo”, es decir “Aguantarse y a Joderse”.

Ya por último no me vaya a resultar que tengo ganas de echarme un “gas” de esos tronados o peor de los silenciosos, los primeros son ruidosos pero carentes del olor, pero los segundos ¡Uh! No hay forma de escapar al olor, que supera al del zorrillo muerto.
Hasta mañana.

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