ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Hay determinadas cuestiones que causan pánico cuando te ocurren.

Vas al refrigerador y descubres que se te ha olvidado comprar huevos y que queda sólo uno, sales de inmediato a la tienda y adquieres unos cuantos para el desayuno.

Lo peor es que no paró ahí, al momento de abrir el gas este se ha terminado y empieza la locura, ya que el camión repartidor pasó hace media hora y tendrás que llamar a la oficina de la distribuidora para que te lleven un tanque lleno.

Esta tan nublada tu mente que no recuerdas que tienes una parrilla eléctrica en la alacena.

Te la pasas dando vueltas en espera del repartidor de gas, no sabes que hacer ya que las otras opciones también dependen de la existencia de ese producto obtenido del subsuelo, empiezas a mentar madres a PEMEX y toda la parafernalia que le ha acompañado durante años para sacar provecho de ese elemento.

Ya ni siquiera les comento los adjetivos que usas cuando piensas en el nuevo precio que tendrá el contenido del cilindro metálico, es para morirse por el costo que ha alcanzado.

Lo malo es que no te queda mucho tiempo para llevar al niño a la escuela y ni modo de dejarlo con la panza vacía y como no soy afecto a los productos de Bimbo o Marinela, tampoco pasa por mi mente el lograr una solución rápida como esa.

Al poco rato te llega la “luz” al cerebro y recuerdas la vieja parrilla, la que seguramente no la reparaste del cable que tenía quemado.

A la hora de sacarla entre los tiliches es cuando te la remientas por tu flojera, recuerdas el olor a cable quemado y el por qué abandonaste la parrilla en el fondo de ese almacén.

Buscas un desarmador, un cuchillo y cinta para aislar y que la reparación de la “parrilla salvadora” quede lo mejor posible.

Ya estás al cuarto pa´l ratito apenas tienes tiempo de freir lo que cuatro blanquillos que compraste en la tienda y arrojarles una rebanada de jamón.

Como siempre sucede en estos casos ya que terminaste de arreglar la situación llega el gasero con toca tu puerta y pide pasar a colocar el tanque.

No te queda otra que hacerlo pasar y ver tu reloj, hay tan poco tiempo para que el niño entre a la escuela y no te lo dejen sin clases.

Pero no tienes opción, es un día muy especial en donde las cosas comienzan mal y no puede tu desesperación hacerlas que empeoren, entonces te tomas un minuto para calmarte y pensar que las prisas no son buenas y menos con corajes.

Termina la instalación del gas metes los alimentos en la hoy llamada lonchera y sales rumbo al kínder.

Lo mejor de todo es que llegas a tiempo y el niño no pierde las clases y en ese momento ya puedes pensar en lo que resta del día y nunca volver a dejar olvidada una reparación de utensilios tan importantes.

Así que ya no vuelvas a repetir eso de: “ “dime ven y lo dejo todo”.
Hasta mañana.

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