ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Creo que algo de lo peor que te puede pasar para iniciar un día es que el carro amanezca con una llanta ponchada, más sí es en lunes.

Así amanecí el día de hoy, ya prestos para que la esposa fuera a trabajar y el hijo a su primer curso de verano sobre pintura.

Muy “Cuco” (elegante) me disponía a subir al carro cuando veo la llanta trasera desinflada, entonces todo el ritual del baño y la arreglada personal se fue por el caño y no el de la corrupción amloista.

A sacar de la cajuela el gato, la llave de cruz, llanta de refacción y a sudar la gota gorda.
Acercar unos tapetes para proteger el pantalón y la camisa, los zapatos (imposible) esos se fueron como de alarife recién salido de echar un colado.

Lo malo es que ya los años pesan y no es como antes, a punto de dar los últimos apretones a las llantas, la espalda ya dolía de a madres y el sisterisco lo tuve que apretar hasta con los dientes para que no se saliera un ruidoso pedo.

Esos detalles hacen pensar en lo valioso que es la juventud, cuando en cuestión de minutos cambiabas llantas sin dolor ni problema alguno, bueno hasta energía para darle un arrimón a la fémina más cercana te quedaba, ahora después de unas horas el arrimón se lo quería dar a la almohada y tenderme a esperar que la espalda dejara de molestar.

Imposible había que cumplir con el trabajo del día, así que me fui a inscribir al futuro Van Gogh a las clases de pincel, que no eran los únicos cursos que se impartían, por lo que había un nutrido grupo de padres y madres haciendo el mismo trámite y me quedé esperando cerca de dos horas para poder realizarlo.

En fin ya una de las asistentes, por compasión, me preguntó sí había llegado desde temprano y contesté afirmativamente, desde un cuarto para las nueve, así logró apresurar un poco la salida de mi papeleo.

Regresé a la casa solo a refrescarme ya que en cuestión de 20 minutos tendría que regresar a recoger al nuevo pintor y un café bastó para saciar la sed al estilo árabe.

En fin pasé a recoger la llanta a la llantera donde desponchan las llantas (así se le dice a los parches en Sinaloa).

Imagínese, si el chilango le dice a una fémina que si quiere parchar, sí usara el lenguaje norteño le diría vamos a que desponche, suena raro ¿Qué no?

O en lugar de preguntar a cuántas te has “picado”, diríamos a cuántas te has desponchado.

Cuestiones de regionalismos es más mi hijo es más alrevesado que yuca o campechano, le cuestiona su mamá sobre si le preguntaron su nombre y el responde que no que el fue el que lo preguntó; no me quedó más remedio que pensar sí algún día lo oiría decir “te presto 20 pesos”, en vez de decir me prestas 20 pesos.
Hasta mañana.

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