ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Una parte de la mente en la que mora la moral a veces estorba en el camino al éxito.

Generalmente los empresarios y políticos más destacados tienden a compartir una cuestión: ser amorales.

Por otro lado los que fuimos educados con una gran carga emocional de moralidad casi siempre juzgamos las acciones de ellos como inmorales y como yo creo que todos son de mi condición, la tendencia a pensar que no podrán conciliar el sueño por sus acciones es automática.

Las dosis de moralidad fueron dadas en cantidades diferentes y si por desgracia usted, al igual que un servidor, se le dio en grandes cantidades ya nos jodimos.

El pensador más famoso sobre este tema fue el tal Federico, pero no el de la familia Peluche, sino un alemán de apellido Nietzsche, este le aventaron sus progenitores todas las letras con el sonido de la sssssss.

Gran verdad le asiste al disertar sobre el peso de la moral en los hombres y vamos no sólo de los que han sobresalido en empresas brillantes, sino en lo cotidiano.

La moral consume y no me diga que ese mordiscón del subconsciente consciente, que la verdad no me acuerdo quién lo escribió, no le ha pegado alguna vez.

Hasta existen las crudas morales, por aquellos hechos que cometemos en estado etílico y que para una gran mayoría ni importan, pero a uno, cuando las recuerda ¡Ah cabrón cómo pesa!

Por eso es que solo a base de algunos ejercicios mentales puede explicarse la acción, sobre todo, de los que están al frente de las cuestiones sociales.

A mí como empresario me partiría el alma pagar salarios de miseria como los que millones de obreros y campesinos reciben en este país, pero al empresario no le interesa ya que es su principal fuente de ganancia, la famosa explotación del hombre por el hombre.

Y así podría seguir entre lo particular y lo social, la moralina se siembra y se difunde como un virus invisible y hace que la sociedad tome con normalidad y se olvide de acciones que llegan a ser genocidas.

Y esto es a nivel mundial, no compartimos el mismo pensamiento sobre el cómo enfrentar una acción y no quiero hablar de juzgarla, porque en eso estamos más fritos, al final de los tiempos o cuando se nos acabó el veinte es imposible que alguien pueda decir si a lo que se vino a este mundo se cumplió.

Así haya sido un criminal en todo su actuar, tal vez ese era su papel, el enseñarnos esa parte de la condición humana.

La bronca resulta cuando no se entiende el rol de la enseñanza que nos deja toda acción, el ritmo de la vida es tal que poco tiempo nos queda para dedicarnos a quitar el piloto automático y frenar para pensar en nuestro proceder.

Si eso pasa a los moralistas, imagínese a los amorales, pues por más que le busque no podrán saber que para otros han cometido un acto inmoral.
Hasta mañana.

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