ICONOCLASTA

Por Moisés Valadez Luna

Ser joven y de alto rendimiento.
Bueno hasta hace poco creía que las cosas en el deporte habían cambiado.

Ante una oleada en que lo presentaban como una especie de fuente para prevenir las adicciones, me dije eso debió haberse inventado años antes, aunque parece ser que no se ha corregido del todo y muestra son varios escándalos en el medio deportivo por correrías extra cancha.

El deporte más común era el fútbol, eso tenía su razón de ser, no se necesitaba mucho dinero para practicarlo, una pelota y dos pares de piedras para poner las porterías eran suficientes y sí no había muchos amigos con dos bastaba para que las coladeras fungiesen como tal y a divertirse.

Esto muchos lo vivieron, lo novedoso es que pocos se imaginan el porqué de las primeras palabras de esta columna.

De niño por ahí de los 12 años mi primer viaje a Veracruz lo hice en tren, vaya que fue un tormento, ya que fue en un furgón de segunda, aparte de que hizo casi un día para llegar, algo así como ocho horas, en el vagón en el que se trasportaba todo tipo de mercancías y los olores se mezclaban y daban como resultado un aroma parecido a basurero de mercado de colonia popular.

Bueno pero al final valió la pena resulta que sin querer llegamos en pleno carnaval y eso fue muy divertido, debo resaltar que el hospedaje no fue fácil de conseguir, pero al final lograron los mayores la renta de una casa con dos grandes cuartos para dormir, uno para los escuincles y otros para ellos.

Es importante porque años después esa misma calle en donde se ubicaba la casa fue localizada al término de un partido en el Puerto, en el famoso estadio Luis “Pirata” Fuente”, ya que ahí se apostaban las sexoservidoras y de inmediato reconocí la casa y no tuve otra más que reconocer cuanto había cambiado la vida.

Menciono el alto rendimiento ya que después de jugar bajo el inclemente calor de esa ciudad, el tener energía para echarse un “paliacate” es de destacar.

Por lo general un jugador baja algunos kilos durante los entrenamientos y los partidos, en mi caso un entrenamiento fuerte hacía que dejara regados en el terreno de juego alrededor de cuatro a cinco kilos, me imagino que en un partido debería aumentar en uno o dos más.

Claro era más sudor, que grasa, agua y sal, ya que en esa época la grasa no existía ante los requerimientos del deporte.

Más o menos con el agua y unan cuantas cervezas se recuperaba rápido el cuerpo de los fluidos perdidos en el esfuerzo, debe de decirse que al final de cada partido y después de uno o dos litros de agua el hambre de alimento no era tan necesaria.

En esos viajes que cada quincena realizábamos, era casi ley esperar el último camión de regreso por ahí de las 2 de la noche para llegar a las seis de la mañana al D.F. así que había un tiempo para disfrutar de las bellezas y los placeres de los lugares en que se jugaba.

Bien corrido, deshidratado, con cervezas encima y ponerse a “coger un ratón” eso sí era de alto rendimiento, divina juventud, claro que para lograr el final feliz se tardaba uno y ahí de nueva cuenta se bajaban otros kilitos, no es inimaginable que en esos centros de placer y perdición, no existiera el aire acondicionado, así que el “pisa y corre” era muy lento y el sudor se presentaba de nueva cuenta.

Al final el martes era cuando se pagaba la deuda física, con el primer entrenamiento de la semana, ahí sí que nos acordábamos de los “limones” jarochos.
Hasta mañana.

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