Mi perra Linda

Perrita
Mi perra Linda acomodada en una de las butacas de la sala de estar.

N. M. Rizzo M.

(Especial para UNQR)

LA HABANA.— La perra se instaló en el jardín de mi casa. Flaca, a pesar de su abultada barriga, y desaliñada como pocas, se negaba a abandonar el sitio escogido. Miraba a todos con ojos marchitos y tan reconocible era su hambre que todos comenzaron a traerle alimentos.

A los pocos días parecía estar enferma, pero la enfermedad desapareció luego de parir nueve perritos de disímiles colores y apariencias. A partir de entonces recibió cuidados postnatales y agradecida permitía que quienes se acercaban acariciasen a sus cachorros.

Una mañana la más pequeña de las crías amaneció muerta y la perra la lamía y estimulaba como tratando de regresarla a la vida; pero la demanda de los restantes recién nacidos la mantenía ocupada al máximo.

Dejó que se llevaran el pequeño cadáver y se dedicó entonces a hacer engordar los restantes ocho cachorros, los cuales en breve tiempo se pusieron muy hermosos. Fue fácil regalar las crías pues muy gordos y juguetones invitaban a los visitantes a llevarlos consigo y adoptar así una mascota.

La última en abandonar el nido fue una hembra blanca con manchas café, la llevó un amigo que reside a unos ciento cincuenta metros de casa.

Un buen día la perra entró por la puerta principal y se acomodó en un rincón, jugaba con todos demostrando su interés por no ser desalojada; a partir de entonces ya era la perra de la familia.

Hubo que llevarla a desparasitar, vacunar, y ligar por exigencia de mi esposa que la admitió con la condición de que no nos regalara nuevamente  una pequeña manada.

Un día Linda, que así le pusimos por nombre, desapareció de la casa por casi dos horas, acción que se repitió varios días. Una de esas veces mi amigo, el que adoptó la última perrita regalada, se apareció con Linda entre sus brazos.

Mi amigo conmovido nos relató que Linda se aparecía en su casa y no se retiraba hasta que le permitiesen amamantar a su perrita, pero desde el día anterior la mascota había sido trasladada a la casa donde vive su hija y por tanto en esa oportunidad no pudo más que echarse ante su puerta lloriqueando hasta que él se decidiera a traerla de regreso a casa.

Linda engordó, su pelo se puso brillante y sedoso, cada vez más entregaba y solicitaba caricias con insistencia. A todo aquel que llegaba simplemente lo saludaba como dándole la bienvenida, desde entonces supimos que jamás servirá para cuidar o proteger por lo que en broma decimos que si algún día entra un ladrón lo recibirá con mimos y caricias.

Más Linda es tan buena acompañante que se le perdonan sus posibles flaquezas. Hace sus necesidades fuera de la casa, come sólo lo que se le brinda sin mayores exigencias, duerme toda la noche aun cuando para retirarse a dormir selecciona la habitación donde primero se pone en funcionamiento el acondicionador de aire, es en resumen una buena mascota.

Ahora Linda es como un familiar más, pero un familiar muy querido. Esa condición la ganó por ser una buena madre, además de cariñosa y juguetona, por mostrarse “educada”.

Con el tiempo supimos que Linda, con otro nombre, había sido arrojada a la calle cuando su familia propietaria por aquel entonces supo que estaba preñada. Tuvo suerte, encontró nuevos amos y por propios méritos se ganó un nuevo espacio.

Los animales no tienen sentimientos, sólo reflejos que de alguna manera pueden ser moldeados, lo lamentable es que hay humanos que también carecen de ellos.

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