La limosna, la caridad, y la solidaridad

Madre Teresa

N. M. Rizzo M.

Especial para UNQR

 

La Solidaridad nació al mismo tiempo que la violencia. Los primeros humanos eran generalmente solidarios con los de su clan, mientras eran violentos con los de otros clanes que pugnaban entre sí por cotos de caza, guaridas naturales, o simplemente la necesidad de aumentar sus propios clanes con hembras capturadas.

La violencia, brutal y poco digna de seres civilizados, nos acompaña hasta nuestros días, pero la solidaridad se ha ido transformando con el tiempo adquiriendo matices diferentes.

Con la religión institucionalizada apareció la Limosna, la cual se realiza para cumplir dogmas y normas más que para expresar solidaridad con los desamparados. Quien daba limosna podía hacer más expedito su viaje al Paraíso, hacerse perdonar pecados, incluso comprar los favores de quien administraba la fe en su entorno. Como la limosna no nace sino se impone resultaba peyorativa y hasta humillante; provocaba hasta la aparición de limosneros profesionales que trataban de engañar a quienes repartían monedas y de paso burlarse de los humilladores.

Nació entonces la Caridad la cual resulta forma más refinada y menos humillante de dar limosna. Hace Caridad quien se desprende de parte de sus vestimentas para entregarlas a los pobres, o establece comedores donde los hambrientos pueden paliar por un tiempo su hambre, adopta un desamparado, costea la intervención quirúrgica de alguien incapaz de hacerlo por sí solo, y otras formas más.

Se refinó tanto la Caridad que permitió a los millonarios fundar bibliotecas, crear hospitales y hospicios;  todo ello, no siempre pero sí muchas veces, permitiéndoles reducir impuestos que de ser bien empleados servirían para esos mismos fines.

Dio también oportunidad a los menos ricos a entregar dineros destinados a luchar contra el cáncer u otra enfermedad, mandar alimentos a lugares donde la miseria es extrema, proporcionar la forma de llevar agua a lugares de gran sequía, y otros cientos de maneras.

Para bien de la humanidad han existido personas caritativas entregadas totalmente a servir al prójimo. Un caso muy especial es el de la ya desaparecida Madre Teresa de Calcuta, que sobrepasó para bien las prácticas de monjas que laboran en asilos u hospitales muy meritorias también de reconocimiento.

Pero la Solidaridad se negó a morir y hoy instituciones, organizaciones independientes y hasta algunos Estados, comparten lo que tienen, lo cual es diferente a entregar lo que sobra, ello sin esperar nada a cambio.

Médicos sin Fronteras, Brigadas de Salud costeadas por países pobres, y hasta personas convertidas en misioneros, dan fe de ello.

La solidaridad deberá existir por siempre, aunque aspiramos a que llegue el momento en que no esté dirigida a reducir miserias sino a fomentar desarrollo con lo cual se eliminarían las terribles diferencias. Ejemplo de esto han existido y existen, naciones que brindan becas para que estudien y se hagan profesionales aquellos que no lo pueden lograr en su terruño, que aportan especialistas encargados de promover prácticas promovedoras de avances agrícolas o industriales, y que por desgracia provienen a veces de los países menos desarrollados.

Hoy toda la humanidad corre peligro. Una guerra nuclear, un fenómeno natural, las enfermedades y la insalubridad, pueden hacerla desaparecer o, en el mejor de los casos, hacerla regresar a los tiempos primitivos.

De esos peligros sólo la Solidaridad puede salvarnos.

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