La percepción de la inseguridad en Cancún

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Víctor Galván

 

En 1995 trabajaba en Por Esto. En aquel entonces se ubicaba en la calle Venado, en la Supermanzana 20, donde una casa de dos plantas había sido habilitada como oficina administrativa y redacción. Aún no operaba en su edificio actual ni contaba con rotativa en Cancún.

Mi horario de trabajo iniciaba en la tarde, a las cuatro, pero solía ir al mediodía. Me gustaba el ambiente de la redacción, colaboraba en la sección cultural y a veces varios compañeros nos íbamos a comer juntos y regresábamos más tarde a nuestras respectivas labores.

Un día, estando en la recepción, entró a la oficina una colaboradora del periódico. Entregó su texto a la recepcionista, tomó su ejemplar de cortesía y comenzó a hojearlo, revisando página por página las publicaciones de cada una de las secciones. De vez en cuando se detenía y leía alguna información que le causaba interés.

Debo aclarar aquí que en aquel entonces las colaboraciones se entregaban principalmente en hojas de papel, escritas a máquina e incluso a mano, o impresas quienes podían darse el lujo de tener una PC y una impresora. El internet y el correo electrónico aún no eran herramientas de uso cotidiano en el trabajo, al menos no en Por Esto; tampoco existía el usb ni mucho menos las redes sociales.

Me quedé observando a la señora. Hojear el diario era como un ritual que realizábamos todos los que trabajábamos en el periódico: redactores, editores, reporteros, colaboradores, publicistas. Cada quien leía lo que era de su particular interés.

De repente la señora dejó de pasar las hojas del periódico en una página. Desde donde me encontraba parado, a unos metros, no distinguía la sección de su interés. La señora, sabiendo que me encontraba ahí, levantó la vista, me miró y comentó: “en Europa los periódicos no tienen sección policiaca”. Ella había vivido en Francia y por el tono de su comentario percibí que le parecía una especie de rareza exótica que en México la prensa escrita le dedicara un particular interés a los hechos de esta índole.

En Cancún, sin embargo, en aquel entonces no acontecían hechos de la magnitud que ahora leemos cotidianamente, tanto que parece que hemos perdido la capacidad de asombro ante tal cantidad de violencia: ejecuciones, secuestros, “levantones”, descuartizados, asaltos a mano armada a transeúntes, a casas habitación, a cuenta habientes y a comercios; insensibilidad a ver publicadas imágenes de personas en el suelo, en medio de un charco de sangre, abatidas por disparos que en ocasiones sobrepasan la decena, o heridas, desangrándose aún. La inmediatez del internet permite además ver los hechos en tiempo real mediante transmisiones en vivo a través de redes sociales. Ejecuciones, choques, asaltos, ulular de ambulancias y patrullas. El público es espectador de una orgía de sangre en tiempo real que parece no tener fin e, incluso, ante hechos de este tipo, ciudadanos utilizan la barra de comentarios para escribir textos que van desde lo serio y objetivo hasta lo burlón y sarcástico.

En 1995 los hechos policiacos relevantes eran algún choque automovilístico con heridos o que en ocasiones cobraba vidas, ya sea en la ciudad o en carretera; algún asalto, borrachines detenidos por faltas administrativas, por posesión de mariguana, suicidios. Un asesinato, una violación, eran noticias escandalosas. Deben seguir siéndolo. Al menos las violaciones, que lamentablemente siguen ocurriendo, continúan causando repudio y condena.

Algo ha cambiado en la sociedad, y en los medios, para que la percepción de la violencia haya adquirido una connotación de cotidianidad.

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