La clase política

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N. Mario Rizzo M.

(Especial para UNQR)

 

Quienes dedican su carrera a la política casi siempre dicen reconocer que ello no es un medio de vida sino una especie de sacerdocio a través del cual deciden poner todo su empeño al servicio de la ciudadanía. Se declaran como paladines de las libertades y siempre juran ante textos sagrados, banderas o líderes religiosos o laicos, empeñar su honor en el cumplimiento de sus deberes públicos.

Pero de lo dicho a lo hecho casi siempre hay un trecho. Para muchos de los que integran la clase política, en cualquier lugar, parece ser que solucionar sus “problemas” personales o familiares resulta ser lo prioritario. Quizás por eso alguien, a quien conozco, dijo una vez que para evitar la corrupción lo más inteligente era confiarles las riendas a personas muy ricas pues así no necesitarían perder la honra.

Lo que ocurre es que si bien existen personas muy acomodadas de intachable conducta, también los hay con ambiciones desenfrenadas para los cuales estar en política es garantía de poder aplastar “enemigos” o de acrecentar aún más sus caudales.

Muchas veces la carrera política se convierte en la más común para toda una familia e incluso se hace hereditaria; entonces aparecen los clanes con patricios o matricias a la cabeza y se dan las condiciones para la lucha entre clanes. Si varios clanes logran asociarse, por las buenas o por las malas, nace una tribu y el poder de los líderes tribales es mucho mayor.

Políticos honestos y totalmente dedicados a la “cosa pública” han existido y existen. Son aquellos que al abandonar el poder son tal vez más pobres materialmente pero dejan tras de sí una aureola, no sacra, que les garantiza la perpetuidad entre sus contemporáneos y generaciones posteriores.

Hay otro peligro mayor, el de aquellos para los cuales el poder lo significa todo. Son los más preocupantes pues nada los detiene en su afán de decidir por los demás pues sólo a ellos la razón les asiste.

La carrera política por tanto, en opinión de muchos, no debía existir. Piensan en concejos de sabios, conciliábulos de ancianos, rotación obligatoria del mando, y muchas otras fórmulas más, que sin dudas resultan inviables. Otros opinan que recortar períodos de mandatos sería buena solución, pero entonces cómo lograr el desarrollo y escalamiento de los más aptos para los mandos superiores.

Parece ser que lograr el cabal conocimiento de sus facultades y limitaciones por parte de quienes accedan a la vida pública y organizar un eficaz sistema de control y fiscalización popular puede ser de gran ayuda. Pero lograr que el electo acepte la crítica a su gestión como ayuda y no perjuicio ya es harina de otro costal, y que conste que no se trata de obligarles a poner la otra mejilla sino de lograr sean capaces de no merecer la primera bofetada.

La sociedad civil y los medios de información han de cumplir su papel con cordura y veracidad, han de ser respetados puesto que ellos representan el verdadero poder que es el del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Quienes no prefieran dar a recibir, se consideren intocables e infalibles, y no lleven por dentro el interés público como primero, debían abstenerse de integrar la clase política, y sí lo lograran bueno sería no tuviesen descendencia para evitar la transmisión hereditaria.

Aspirar a tener una clase política digna e irreprochable ha de ser interés de todos y cómo lograrlo es la pregunta a responder por cada cual.

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