7 meses, ¿qué tanto hay que celebrar?

Víctor Galván

Con un discurso que en muchas frases recordó su más reciente campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador se dirigió a la nación desde el Zócalo de la capital del país para celebrar un año de su triunfo electoral y 7 meses del inicio de su administración.

A la par de que las imágenes mostraban un zócalo capitalino abarrotado, en medios digitales y en redes sociales se informaba de acarreo de gente llegada desde distintos puntos del país. Principalmente en redes sociales este tema dio pauta a discusiones entre grupos de personas que apoyan y que critican al presidente de México, un indicativo de que el país se encuentra polarizado y lejos de la unidad.

Y en esta polarización, hay que decirlo y admitirlo, el presidente ha sido factor desde el momento en que en sus discursos eligió dividir a la sociedad en dos: los que simpatizan y los que critican, en una especie de maniqueísmo de “nosotros los buenos y ustedes los malos”. El término “fifí” se popularizó en tiempos de Porfirio Díaz, se utilizaba para referirse a las clases acomodadas y que gozaban de los privilegios del régimen político. Pero ahora el actual presidente lo puso de nuevo de moda, con una connotación distinta. Dentro del término se cataloga, por igual, a quien es crítico del actual gobierno, sea o no de la llamada “clase privilegiada”, pues hay críticos en todos los estratos sociales.

Lo cierto es que cuando un político se dirige a las masas, los organizadores de este tipo de eventos cuidan que la audiencia sea empática con las ideas y las acciones del personaje, y qué mejor que las clases populares para arropar a un presidente al que se le ha calificado de populista.

Y aunque el presidente argumentó que los artistas que participaron en el llamado AMLOFest, versión 2019, no cobraron ni un quinto, lo cierto es que toda la logística, seguridad, montaje del escenario, luces, sonido, tienen un costo. Algunas fuentes periodísticas sitúan este costo en casi 4 millones de pesos. Y sin contar, claro, el supuesto acarreo.

Es curioso y llama la atención que se le denominara también AMLOFest 2.0, en clara alusión a la tecnología digital 2.0, la cual permite a los usuarios interactuar y colaborar entre sí, como creadores de contenido. Una forma original de indicar que en el festejo las nuevas tecnologías tuvieron una presencia y participación importante, con el uso de redes sociales para la transmisión en vivo, comentarios en tiempo real, debates, información, etc.

Y en todo este marco la austeridad y el combate a la corrupción fueron temas medulares del discurso, acompañado de frases que López Obrador ha repetido una y otra vez desde sus tiempos de campaña: “no puede haber gobierno rico con gente pobre” y “primero los pobres”, entre otras.

En este tenor aplaudió las remesas enviadas por los migrantes mexicanos. Sin embargo es lamentable que muchas comunidades rurales y pobres del país sigan dependiendo de este valioso recurso y no tengan ni en el corto ni en el mediano plazo expectativas de desarrollo que los aleje de esa condición.

Otra de las constantes fue el señalamiento de la reducción de presupuestos por todos lados, bajo el argumento de que la corrupción ha hecho que funcionarios y políticos se sirvan con la “cuchara grande” durante mucho tiempo.

¿Y cómo explicar la fortaleza del peso, de que hay finanzas sanas y que no se han aumentado impuestos, cuando para la mayoría de las familias apenas alcanza su salario para lo básico o poco menos?

La inversión en materia energética para la producción de petróleo, gas, electricidad y el anuncio de mayores volúmenes de crudo recuerdan un poco el triunfalismo de José López Portillo al dar a conocer el descubrimiento de los ricos yacimientos en la Sonda de Campeche y de que, por fin, México iba a salir del subdesarrollo. Ya conocemos las consecuencias de una economía nacional basada en el petróleo, aunque es cierto también que actualmente la economía del país está más diversificada que en la década de los 70.

En esencia, como discurso político, poco ha cambiado respecto a lo que hemos escuchado de todos los presidentes desde la postrevolución, en el siglo XX, a la actualidad: enfatizando en todo momento que el país marcha hacia adelante, que hay desarrollo, que la economía está fuerte y que se procura el bienestar, sobre todo de las clases más necesitadas.

Desde que tengo uso de razón, desde el sexenio de Luis Echeverría (1970-1976), he escuchado el mismo discurso de autoelogio, sin autocrítica. Es lógico ser suspicaz y desconfiado. Aun así, todos esperamos ver resultados positivos.

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