La Habana cumplirá 500 años el próximo noviembre: Los olores de mi Habana

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Mirtha Romero Menéndez de Vargas

 

LA HABANA.— Antes de entrar en el tema, quiero decirles que no ha sido una labor sencilla, he consultado libros y autores, preguntado a familiares y amigos y he traído además al presente, mis recuerdos de niña, entonces empezaré por decirles que La Habana se destaca por la intensidad de su color azul – no hay nada más bello que ver a la caída de la tarde el azul del cielo contrastando con el mar, como también es azul el color que ostenta su Equipo de Pelota, pero la llamada “Ciudad Azul” tiene otros aspectos que la distinguen, entre ellos, dos que la hacen distinta, uno es el demasiado ruido por toda la ciudad y otro es su olor, aspecto que la ha identificado a través de todos los tiempos porque el reloj no es el único que determina y marca su paso, también inciden en él, los sentimientos, las emociones y sobre todo los sentidos porque todos alguna vez lo hemos saboreado, visualizado, pero sobre todo y por encima de todo hemos percibido su olor.

La Habana, a través de los siglos, ha tenido esos olores que la han identificado como ciudad, y si nos remontamos al lejanísimo siglo XIX podemos conocer cómo un visitante francés al llegar al muelle se encuentra (y cito textualmente) “un aire oloroso a vegetación, a mar, a frutas, a carroña… todo combinado con aromas fragantes que convivían muy felizmente…” y esto lo digo con una cierta sonrisa porque La Habana es una “ciudad de contraste” y el olor es casi su protagonista. Muchos han sido los escritores que han tocado esta misma idea: la impresión que causa “lo habanero” a los personajes que llegan a la capital y aseguran como afirmó L. Padura “la magia de La Habana brota de su olor porque éste resulta capaz de otorgarle ese espíritu inconfundible que la hace permanecer viva en el recuerdo”.

Primero las emanaciones ácidas ligadas con las dulces lavandas francesas, los efluvios del jazmín y el tabaco, los quesos, los peces frescos y el vino que nos fue llegado desde el siglo XIX y después la huella que nos dejó el siglo XX, porque a nuestra edad aún recordamos ese olor inconfundible del café que era tan natural en todas las calles o por el famoso tostadero “Flor de Tibes”  que desde muy lejos en el Nuevo Vedado se hacía sentir el exquisito aroma. Otro olor peculiar y permanente era el del detergente y el perfume que sentían todos los vecinos alrededor del barrio del Cerro; así como en Luyanó olía perpetuamente a gas y a dulces recién hechos, una combinación algo rara que flotaba en el aire nada más entrar en sus calles.

Misterioso e inolvidable era el olor del carbón en las cocinas, que le daba a las comidas un sabor nunca comparado con el gas… si vamos por la barriada de La Víbora los olores de las flores, diamelas, galán de noche, jazmines, inundan sus calles, pero también el olor a pan de sus famosas panaderías de entonces.

Qué habanero -o los que vinieron aquí por esos años- pueden olvidar el olor de los alrededores de las calles Galiano, San Rafael, Reina, Neptuno, yo lo recuerdo como una mezcla de aire acondicionado, a cosas bonitas, perfumes, flores, chocolates… El Prado era otro sitio de olores muy peculiares porque a medida que se iba caminando por el Paseo hacia el mar, los olores iban cambiando desde las hojas frescas de los árboles, a carros nuevos, a casas antiguas, a puertas de madera noble que escondían miles de secretos, a comida, a perfumes raros, a tabaco, maní y tamales… otro olor de La Habana es el de los puestos de frituritas de carita y malanga; por las calles 12 y 23, el de las flores –que aún se siente- de las muchas florerías que allí había… los cines tenían su olor característico –sobre todo los cines de barrio- las boticas con sus droguerías, el Mercado Unico con ese olor en toda la manzana a vegetales, a frutas y verduras que tanto recuerda mi hermana Concha… el olor del Puerto era y es una mezcla de sensaciones desde el olor del salitre hasta el de las lanchitas en su trotar sobre las azules y mansas aguas.

En el hoy presente sigue reinando el olor de las calles, el de sus gentes atareadísimas en su ir y venir, a bicicletas, a viejos autos en pie gracias al empeño del hombre, ese es el olor de La Habana, la que en 500 años ha cambiado, sin embargo sigue siendo la misma, una ciudad de contrastes, una ciudad maravilla.

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