“Gilberto”, el huracán que cambió para siempre a Cancún

 

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Víctor Galván

 

Hay un antes y un después de Gilberto. Esta frase se ha repetido infinidad de veces, pero es una gran verdad. Cancún ha cambiado muchísimo en 31 años. Pasó de ser una pequeña ciudad de poco menos de 100 mil habitantes, a un conglomerado urbano que oscila el millón de almas.

Pasó de ser un centro turístico con apenas unos 8 mil cuartos en la zona hotelera, a ser un “monstruo” que abarca no sólo Cancún, sino que va desde la zona continental de Isla Mujeres, pasa por Puerto Morelos y continúa hasta la Riviera Maya y Tulum, con un total de más de 100 mil cuartos.

Muchos de los actuales pobladores y la mayoría de los cancunenses que nacieron aquí no estuvieron presentes para contarlo, pero Gilberto representa casi una leyenda por ser un parteaguas en la historia de este destino turístico en muchos aspectos.

Y ha sido la historia oral de quienes vivimos ese “super huracán” de categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, la que ha transmitido a las nuevas generaciones, a los hijos, sobrinos, nietos, el devastador impacto que representó este meteoro en la vida personal y en la sociedad en su conjunto.

 

 

En aquel entonces, entre la noche del 13 y el día 14 de septiembre de 1988, no existían protocolos de emergencia ni de protección civil, tampoco los medios de comunicación electrónicos y digitales que actualmente nos mantienen informados al instante de todo lo que acontece a nivel global. Todo se tuvo que improvisar sobre la marcha. No había albergues previamente dispuestos, no había sistema de alerta temprana, no había estrategias de evacuación de centros de hospedaje. En suma, no había una logística.

Hasta entonces existía el mito de que Cancún era inmune a los huracanes, de que los meteoros enfilados en esta ruta se desviaban hacia el Canal de Yucatán. Pero aquella noche la historia cambió. “Gilberto” afectó a una población de aproximadamente 90 mil habitantes en Cancún con ráfagas de viento superiores a los 300 km/h. Los fuertes vientos comenzaron a sentirse desde la noche del martes 13 de septiembre y en la madrugada del miércoles 14, “Gilberto” ingresó a tierra firme en las cercanías de Playa del Carmen, arrasando a su paso con Cozumel, Cancún e Isla Mujeres, en Quintana Roo, y hacia las seis de la tarde estaba en Yucatán.

Unas 13 horas tardó el huracán en cruzar territorio peninsular en su trayecto del Caribe al Golfo de México. Cancún e Isla Mujeres recibieron vientos del semicírculo derecho del huracán, los más violentos, mientras que Mérida y poblaciones vecinas quedaron en el semicírculo izquierdo, el de menor intensidad.

 

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El huracán dejó en Cancún 5 mil damnificados, daños materiales que sumaron 880 millones de pesos de aquel entonces y arrasó las bellas y extensas playas de arena blanca, que eran orgullo y presunción ante el mundo, la “marca registrada” del entonces paraíso turístico, que nunca volvió a ser el mismo.

La ciudad y zona hotelera se levantaron en muy poco tiempo, especialmente gracias al apoyo federal. Particularmente la Comisión Federal de Electricidad actuó con prontitud para restablecer la energía eléctrica en la zona hotelera y en la ciudad, por etapas. Gracias a ello este centro turístico pudo volver a recibir visitantes en un periodo de tiempo muy corto y, con ello, retomar el dinamismo y desarrollo que lo caracterizan.

Fue a partir de entonces, ante la necesidad de revitalizar el sector, que Cancún pasó de ser un exclusivo centro turístico de alto nivel a un todo incluido con el segmento de tiempo compartido. Este destino se masificó y en temporadas clave como verano, Semana Santa y diversos “puentes” de fin de semana son los visitantes nacionales los que lo sostienen.

Cancún sigue siendo la “joya de la corona”, a pesar del sargazo, de la inseguridad, de la erosión de playas y del recorte presupuestal federal hacia el sector turismo. Aún tiene futuro si no sigue siendo devorado con la construcción masiva por parte de las grandes cadenas hoteleras a costa de la depredación ambiental, que prácticamente no ha dejado espacios, incluido en ello los pocos pasos hacia la playa para la población local. Un justo equilibrio que se ve difícil de alcanzar.

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