Segundo Informe con la mira puesta en las boletas electorales

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Víctor Galván

El Segundo Informe de Gobierno dejó claro que la única meta a corto plazo es el proceso electoral del 2021. Así se evidenció desde la difusión de spots alusivos a esta que debía ser una rendición de cuentas de parte del Ejecutivo, con aseveraciones como que “el 70% de los mexicanos está de acuerdo con la transformación”, sin que presentara pruebas de tal aseveración.

El de hoy resultó un discurso de autoelogios, mesiánico, sin autocrítica: “en el peor momento contamos con el mejor gobierno”, presumió Andrés Manuel López Obrador. Y en este sentido su discurso no estuvo alejado de lo que ha sido una constante presidencial. A ningún presidente se le ha escuchado criticarse a sí mismo, excepto a López Portillo, quien en su último Informe hizo uso de la teatralidad al soltar lágrimas de “frustración” por haberle fallado a los pobres, claro luego de haber saqueado al país y a punto del retiro político en el que disfrutaría las mieles de la abundancia, esas que tanto presumió y que estuvieron reservadas sólo para un selecto grupo.

López Obrador tiene bien aprendida esa lección, de que al pueblo no hay que fallarle, porque es el mayor activo político y electoral. En ese tenor y con la mira puesta en el próximo año electoral, su apuesta futura es, según sus propias palabras, que el movimiento que encabeza “se convierta en voluntad colectiva dispuesta a defender lo alcanzado”. Suena alienizante y temerario su deseo de una “revolución de las conciencias” y “lograr a plenitud un cambio de mentalidad”.

Para ello reparte beneficios a diestra y siniestra. Beneficios que por sí mismos no se traducen en desarrollo ni en combate efectivo a la pobreza.

Aunque breve, unos 45 minutos, resultó ser un condensado “mañanero”. Lo que diario dice en dos horas lo dijo hoy en menos de una. La diferencia es que aquí fue más de “corridito”, leído.

Entre el populismo echeverrista y el triunfalismo petrolero lopezportillista en una época en la cual la tendencia mundial es el uso cada vez mayor de las energías renovables, la visión del presidente se encuentra estancada en un pasado populista que las nuevas generaciones desconocen, presentado ahora con banderas como la lucha contra la corrupción, la austeridad y afirmaciones que se contraponen a la realidad que día a día vivimos todos los mexicanos, como asegurar que “hay menos secuestros, feminicidios, asaltos en el transporte público, en robo a negocios y a casas”.

López Obrador busca influir en las boletas electorales del 2021 y, como ha ocurrido en el pasado con quienes le antecedieron en el puesto, utiliza también todos los recursos a su alcance desde lo alto del poder. Y precisamente en el tema de los expresidentes su estrategia es tirar la piedra y esconder la mano con un hábil doble mensaje: por una parte afirmó, como lo ha hecho reiteradamente desde que él mismo puso el tema sobre la mesa, que no está de acuerdo en mirar al pasado, en no juzgar a expresidentes, pero por lo bajo alienta la realización de una consulta pública cuyo resultado sabe que será la petición masiva de juicio a los ex mandatarios, sabedor de que los malos gobiernos de sus antecesores no podrán dar otro resultado en dicho ejercicio ciudadano.

Es cierto, quien ha cometido delitos debe ser juzgado y para ello no es necesario un “circo” mediático. Pero para López Obrador sí lo es, pues está en juego el control del Congreso federal, el futuro de Morena y su llamada Cuarta Transformación.

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