Editorial: San Isidro

28 noviembre 2020

Hay un grupo empeñado en lastimar a un país. Hay gente haciendo todo para que este año, marcado por las angustias de una pandemia mezclada con las mil vueltas de tuerca que ha experimentado el bloqueo, termine mal para Cuba. Es el modo que han encontrado para sacarse dos espinas en un acto: la desafiante resistencia cubana y la sonora derrota trumpista.

Bajo el paraguas del arte, del presunto vínculo de algunos de ellos con actividades intelectuales y artísticas, ese grupo lo ha intentado todo: enlodar la bandera, dañar el patrimonio, burlar la ley, provocar a las autoridades, violar normas y protocolos sanitarios, distraer a los que aportan, “hacer explotar la olla”, como han llegado a escribir sus hinchas desde la otra orilla.

¿Con qué derecho puede alguien, que no tiene ninguna obra intelectual o artística o, incluso, si la tuviera, que no es el caso, ofender, escupir, herir de obra o de palabra el cuerpo o los sentimientos de la mayoría y aun así, pretender que se le reconozca o admita sus exigencias, aunque sean descabelladas e ilegales?

Las acciones del grupo, exhibidas por ellos mismos en las redes, tienen tanto carácter antisocial, de irrespeto y provocación como de banderas de las barras y las estrellas. ¿Y el arte? Por ninguna parte. Pero hay que hacer creer que sí lo hay. Por eso la convocatoria a la solidaridad del gremio, primero en las redes y luego en la calle, como manda el Manual de Gene Sharp sobre la guerra no convencional.

La puesta en escena del llamado Movimiento San Isidro, con una demanda hoy y otra mañana y cada una más absurda que la anterior, tiene todas las señas de identidad de las maniobras que históricamente han desplegado los enemigos de la paz, la tranquilidad y la convivencia respetuosa.

Las demandas de los acantonados en una casa del barrio San Isidro de La Habana Vieja, en una farsa que no se puede creer -según los expertos nadie sobrevive a privación de agua por cinco días y mucho menos en el estado evidentemente saludable de Luis Manuel Otero Alcántara y otros, quienes dicen haber pasado siete días de ayuno total-, se caen por el peso de la mentira, el absurdo de las pretensiones y la maldad del propósito.

Exigir algo, conociendo de antemano la imposibilidad de que se conceda, es una provocación más, sino la central de este episodio. Se pretende mostrar al mundo un gobierno represor, que no escucha a sus ciudadanos.

Los vulgares y groseros epítetos y las amenazas, lanzados por Denis Solís contra el policía que llega para advertirle de las consecuencias de su ausencia a una citación a declarar sobre sus presuntos vínculos con terroristas basificados en La Florida, son muy elocuentes. Bajo el mandato del Trump, del que se declara entusiasta partidario, pero de cualquier otro gobierno y en cualquier otro país con duras leyes antiterroristas, otra sería la secuela de esta historia.

Más aún. En un país que lucha por sobrevivir al cerco económico en medio de una pandemia y, donde por demandas populares, se reforzaron medidas de control y se aplican multas de hasta 2 000 cup y más, para garantizar la disciplina indispensable a ese control, ¿en nombre de qué derechos, un recién llegado de México y Estados Unidos, donde cunden los contagios, se puede negar a cumplir las exigencias del protocolo sanitario?

No han faltado en las redes los entusiastas defensores de una equivalencia entre la actuación del Estado y quienes lo atacan con saña y después pretenden que se están defendiendo. La postmoderna equivalencia de todas las verdades aquí es derrotada por los hechos. De una provocación tras otra, de una transgresión tras otra, las “víctimas” de San Isidro han emergido vivos, sanos y salvos.

Además de la visible conducta antisocial de algunos de ellos, sus actitudes traslucen una certeza: en Cuba no se tortura, no se asesina, ni se desaparece a nadie desde 1959. Por eso enardece tanto y se recibe como otra provocación premeditada el llamado de algunos a que los quieren vivos. San Isidro no es el lugar de la sufrida Latinoamérica por donde sobrevoló y aun sobrevuela el Cóndor de la Transnacional del Crimen que Estados Unidos bendijo y que dejó más 30 000 desaparecidos en Argentina y cifras aún por calcularse en Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay…

Quienes diseñaron la farsa de San Isidro se equivocaron de país, se equivocaron de historia y se equivocaron de cuerpos armados. Por supuesto, también se equivocaron al elegir a sus “líderes” para el eterno proyecto de destruir a la Revolución cubana. Los seleccionadores y los elegidos carecen de moral para sostener una pelea por el corazón de Cuba.

En Video, La farsa de San Isidro en Picta, Facebook y Youtube

Cuba no le permite a Estados Unidos la injerencia en los asuntos internos

En la tarde noche del sábado 28 de noviembre de 2020, el Director General a cargo de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, convocó al Encargado de Negocios de Estados Unidos Timothy Zúñiga-Brown, a quien trasladó que “Cuba no permite a Estados Unidos, ni a estado alguno la injerencia en los asuntos internos del país”.

¿Quién mató a Diego?

Por Ángel Cappa y Marcos Roitman

Muchos lloran su muerte, pero la mayoría acabaron con su vida. Son cómplices necesarios. Periodistas deportivos, cronistas políticos, tertulianos, cómicos. Aquellos que pasan del amor al odio en cuestión de segundos, que disfrazan su mediocridad bajo la crítica fácil y la descalificación. Se han reído de sus enfermedades, de su adicción, la han instrumentalizado para subir audiencia. A esta lista, debemos agregar compañeros, quienes compartieron vestuario, los que callaron. Lo abandonaron. Los presidentes de clubes en los cuales se entregó en cada partido, lo ningunearon. Lo transformaron en un esclavo de sus intereses, fue moneda de cambio.

Diego jugó y jugaba con la pelota. Fuese de trapo, plástico, cuero, o papel en una media anudada. Pero le tocó vivir en un mundo en transición, el tiempo del neoliberalismo, donde el futbol mutaba en negocio especulativo. Incluso el balón tuvo nombre. Diego retrasó su advenimiento, pero lo situó en el centro del huracán. La televisión era el medio de comunicación por excelencia. Titulares, entrevistas, era noticia.

En 1990, cuando Maradona había dado todo al Nápoles, su afición lo criminalizó. No soportaron la eliminación de Italia en el Mundial de Futbol a manos de Argentina. Lo persiguió el poder y su equipo lo aisló. La FIFA lo inhabilitó por consumo de drogas. Hubo de abandonar Italia, con su mujer e hijas, una familia rota. Un viaje entre la desesperación y la depresión. Tenía 30 años. Su vida se desmoronaba. Unos pocos amigos dieron la cara, el resto se dedicó a maldecir. Surgió un Maradona al cual difamar. La prensa amarillista lo hundió un poco más. Periodistas sin escrúpulos. Ocupó las primeras planas de todos los periódicos del mundo por lo que hacía, dejaba de hacer, decía o dejaba de decir. Así fueron sus segundos 30 años. Idas y venidas. Recaídas y momentos de euforia. Jugaron con su persona, lo maltrataron, lo persiguieron, hasta hundirlo en una profunda depresión. Los que hasta hace 24 horas lo ridiculizaban, hoy le lloran. La hipocresía les acompaña. Nunca soportaron su compromiso político, del cual se enorgullecía y con razón. La revolución cubana, su apoyo a Venezuela, la petición de salida al mar para Bolivia o la defensa de Lula da Silva. Se solidarizó con Cuba y Fidel, se abrazó a Chávez y Maduro, apoyó a todos los líderes populares. Cuba le tendió la mano en medio del tormento. Un país nada futbolero, supo de su grandeza. Entendió su sufrimiento. Pero otra vez padeció la mofa de la prensa. Hiciese lo que hiciese, su vida se fue apagando, entre la desilusión y la incomprensión. En Internet, YouTube o Twitter fue objetivo fácil de aquellos que desde el anonimato lo trasformaron en un monstruo. Todos, unos y otros, no tuvieron la humanidad de la que ahora hacen gala. Lo maltrataron hasta quebrarlo.

Maradona cometía tantos pecados que hasta sus muchos pecadores que lo rodearon de tentaciones se animaron a juzgarlo y simulando ser inmaculados pusieron el grito en el cielo. Un personaje excesivamente famoso que las élites dominantes utilizaron para hacer fortuna, también excesivamente. En el Mundial del 86, en México, fue coronado como rey del futbol, después de gambetearle a todos los rivales ingleses que le aparecieron e hiciera el gol más bonito de la historia. Eso fue después que Dios le prestara la mano en ese mismo partido. Víctima del personaje que hubo de representar, Diego fue desapareciendo y Maradona tomó su lugar para protegerse. La batalla era desigual. Diego era un amigo entrañable, cariñoso y generoso. Diego era un chico de barrio. Había nacido en Buenos Aires, en una población de miseria. Se llamaba Villa Florito, condenado al hambre y la miseria. Su sueño ayudar a sus padres y hermanos. Comprar una vivienda para su familia y jugar al futbol en un equipo de primera división. Diego jugaba al futbol como dios, pero mejor. Con la pelota esquivaba el hambre y la tristeza. Repartía alegría, ilusiones, fantasías y belleza. Diego no abandonó nunca a la gente de su barrio, de su clase social. Y siempre alzó la voz. Denunció las injusticias, se encaró con los que mandan para defenderse y defenderlos. Por eso, Diego vivirá siempre en su pueblo y en el recuerdo de todo el mundo que supo apreciar, disfrutar de su arte y compartir su rebeldía. Lo mató Maradona. Y a Maradona lo mataron quienes lo explotaron hasta el último día. Quienes lo sabían y no hicieron nada, quienes no sabían y prefirieron no saber. Todos, salvo aquellos que no sabían y en todo caso no podían hacer otra cosa que amarlo.

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